domingo, 17 de febrero de 2013

MUNDO RARO/CIELO ROJO (83)


Por Mauricio Sanders

Los amores humanos naturalmente son pardos, pues son mezcla de diferentes proporciones de afecto, erotismo y amistad. Nuestros amores no tienen color definido, porque además están manchados, chorreados con el lodo y el cochambre de nuestra materia.
               Si es humano, no hay amor que sea puro. Si es humano, todo amor tendrá su parte en el destierro y la caída. La amistad, el amor más racional de todos, por ejemplo, se puede corromper y convertirse en pedantería y esnobismo. “Somos mejores que el resto”, pueden llegar a decirse los amigos, en el lodo de su amistad.
               El afecto, que es el amor más instintivo, también se puede pervertir. Por ejemplo, el de una madre por su hijo puede transformarse en formas de posesión y dominio por una parte, en sometimiento y sumisión por la otra. “Nadie podrá llegar a quererte como yo te quiero”, puede llegar a decirle una madre a su niño treintón, en la pocilga de su instinto materno. El hijo puede creerlo, y así torcer el amor derecho que pudo haberle tenido a una amiga, a una amante, a una esposa.
               Contrario a lo que normalmente se supone, el erotismo no necesariamente se corrompe por exceso de carne. Espiritual no es lo mismo que puro. Un amor erótico que se espiritualiza demasiado corre el riesgo de degradarse hasta ser una monstruosidad que encadena a la persona que, por exceso de escrúpulos, le niega a ese amor su expresión natural, que, si bien no necesariamente es coger, sí ha de involucrar contacto físico: fajar, bailar, conversar. Hasta las puras miradas pueden darle a un amor erótico el cuerpo que necesita para salvarse. El diablo es puro espíritu. Y no es puro.
               Nuestros amores son pardos, ocres, cafés. Son color de tierra. Son color de humus, pues son humanos. Más que intentar lavarlos y purificarlos, habría que empezar por aceptarlos tal como son, incluso con sus manchas e imperfecciones. Incluso habría que quererlos un poco más, precisamente porque no son divinos ni angélicos, ni son ejemplares, como lo pueden ser el amor de un caballo o un perro, que no pueden dar, como sí podemos darlo nosotros los hombres, deslealtad ni traición revuelta con su amor.
               Habría que querer más a nuestros amores, porque son débiles y flacos, porque quieren mucho y pueden poco. Nuestros amores son muy parecidos a nosotros. Están sujetos a trastornos y mudanzas, pueden enfermarse y morir. Poéticos en la imaginación, son prosaicos en la ejecución. Con todo y eso, son amores que tienen corazón. Se parecen a nosotros. Aunque conocen sus limitaciones, no se conforman con ser lo que son. Se siguen esforzando por ser mayores, por ser mejores.
Cada vez que otro más de nuestros amores cae por tierra y rueda sobre el polvo, podemos sentir, entre lo hondo del alma y la boca del estómago, un sentimiento que dice:
–No tenía por qué ser así.
            Nuestros amores se ponen de pie y se sacuden las rodillas. Levantan la mirada y siguen su camino, pues están convencidos de que existe la patria, de que su origen y destino es el cielo. A nuestros amores habría que quererlos más. Son como nuestras miserias. Pero también, como nuestra grandeza.