domingo, 27 de enero de 2013

MUNDO RARO/CIELO ROJO (81)



Por Mauricio Sanders

Contrario a lo que la ética moderna insiste, las flechas de Eros no necesariamente apuntan hacia la felicidad. Dos amantes enamorados bien pueden decir: “Preferimos estar juntos y ser infelices, que estar separados para ser felices.” Así habla el amor erótico desde el fondo del corazón. Eros es terrible y majestuoso, “quien lo probó, lo sabe”. Pero no hay que absolutizarlo, pues entonces el niño se convierte en demonio.
            En nuestra moral, es a Eros al que estamos invocando casi siempre que usamos la palabra “amor”. En consecuencia, cualquier acción, aun crímenes, aun pecados, se justifican por amor. Abandonar a los hijos, renegar de los padres, traicionar a un amigo, defraudar al cónyuge, sin dejar de ser decisiones duras y dolorosas, tragedias que rompen el corazón, parten el alma y hacen perder la razón, adquieren un aura de prestigio, el halo místico que es propio del sacrificio voluntario.
            Hay muchas formas de amor. Hay afecto. Hay amistad. Pero en sus mártires, Eros es el amor que más se asemeja al Amor al que se refieren el versículo de la Primera Carta de San Juan y la Primera Carta a los Corintios. Eros, como no sucede con los otros amores naturales, se parece al amor sobrenatural en que dice lo dicho en Palestina: “El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.”
              También como ese Amor, Eros pretende ser eterno. No solamente quiere durar para siempre, sino que quiere existir desde siempre. Dos amantes enamorados no son dignos de serlo si no creen firmemente que fueron creados para amarse, que su destino es amarse, que su amor es su principio y su fin, que es más viejo que el cosmos y que seguirá siendo joven cuando el universo se haya derrumbado. Dos amantes enamorados se aman fuera del tiempo, en un presente sin principio ni final, en el tiempo del Apocalipsis, tiempo que es, que fue, que está siendo y que será.
            No obstante, de Eros, que los antiguos representaban con la figura de un niño, no se puede decir lo que se dice del diablo, en la proposición Diabolus simius Dei. Eros no remeda a Dios, ni pretende caricaturizarlo a propósito. Como los niños imitan a sus progenitores, así Eros imita, porque es niño, porque necesita ejemplos, guías, pedagogos. Eros necesita educación. Necesita rienda e incluso un par de nalgadas de vez en cuando.
            A pesar de que es niño, nunca hay que olvidar que Eros es un dios. Si los antiguos lo elevaron a ese nivel, es porque sabían observar la naturaleza. Observaron que no hay fuerza, poder ni majestad, ni vientos, mares ni volcanes, que puedan hacer con los hombres lo que puede hacer ese niño que, de todos los dioses, sin serlo, es el más parecido a Dios. 
            Y sin embargo, ahora que el mundo es raro y el cielo, rojo, que el sexo es fácil y el amor, difícil, nuestra conducta es incongruente: a la vez que adoramos a Eros, ni siquiera lo veneramos.