domingo, 20 de enero de 2013

MUNDO RARO/CIELO ROJO (80)



Por Mauricio Sanders

El poeta latino Lucrecio opinaba que el enamoramiento estorba para el placer sexual. La emoción distrae a los sentidos.  Según él, Venus está más cómoda cuando Eros se quedó en casita con el perro y la nana. A los modernos esta postura moral nos parece, por lo menos, objetable, pues estar enamorado es lo que, para nosotros, justifica que cojamos.
Sin embargo, no siempre Venus ha tenido que cargar con su hijo. Por ejemplo, la civilización cristiana del Medioevo y la cultura hindú ponían la moralidad del acto sexual, no en un estado psicológico subjetivo, transitorio y fluctuante, sino en algo bastante más prosaico: el deseo carnal sin embellecimientos de ninguna especie.
A dos chamaquitos que se conocían de vista, sus papás agarraban, los casaban y los metían solitos a un cuarto, rodeados de todos los parientes y vecinos del pueblo, que comían, bebían y bailaban, mientras los recién casados intentaban hacer lo que pudieran, imitando a su leal saber y entender lo que le habían aprendido a los animalitos del campo. Normalmente, lo que les salía, nueve meses después, era un bebé.
Los chamaquitos nunca se enamoraban. Pero con frecuencia, siete hijos después, ya se amaban, si amor se entiende como un afecto tranquilo y una amistad sólida, surgidos al amparo de un complejo sistema de promesas y compromisos recíprocos ancestralmente transmitido,  y no como un laberinto de pasiones y un temporal de emociones. Hestia, que huele a aceite de oliva y sábanas limpias, se instalaba en casa. Venus le abría la puerta.
Venus sin Eros puede funcionar, a condición de que existan las condiciones para que entre en escena la diosa del hogar, la familia y el Estado. Pero si a Venus le quitas a su hijo y le quitas a su abuela, si la dejas sola y desamparada, entonces se malicia y se convierte en una arpía desquiciada. Abandonada, la diosa se vuelve una bruja y sus abrazos se vuelven cadenas; sus caricias, latigazos.
Venus, la figura de la fecundidad, el símbolo de la sexualidad humana, pero también de la de otros animales y la de las plantas, la de la tierra y, por tanto, la de la hembra Materia, es fascinante: atrae a la vez que repele. Es amiga y enemiga. Es creadora y destructora.  Si adoras su misterio, te esclaviza; si lo profanas, te lastimas. No es posible vivir con Venus, pero tampoco sin ella.
Quizá el modo apropiado de querer a Venus sea quererla como se quiere a una hermanita, que nos merece respeto, pero no reverencia. Por lo general, a una hermanita no hay que hacerle caso, aunque puede llegar a tener buenas ideas. A una hermanita le enseñas más cosas de las que le aprendes, pero lo poco que le aprendes jamás lo olvidas. No  hay que obedecerla, pero tampoco tiene por qué obedecerte.
A una hermana menor puedes no verla en un año y no empezarla siquiera a extrañar. Pero la ves dos semanas seguidas y nunca te empieza a estorbar. Con tu hermanita te peleas a patadas y te perdonas a besos. Quizá el mejor modo de honrar a Venus sea decir: “Gracias, Papá, por mi hermana chiquita, que es la niña de mis ojos, que es un dolor en los güevos.”