domingo, 23 de diciembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (76)


Por Mauricio Sanders

Para la Antigüedad, la amistad era la perfección del amor, la corona de la vida, la escuela de la virtud. En cambio, los modernos idealizamos la pareja, es decir, el amor erótico, y el afecto, en el matrimonio y la familia. Apreciamos comparativamente poco la amistad, si bien admitimos que, para vivir, se necesitan “amigos”, personas-satélite que giran al margen del núcleo de nuestra existencia terrenal, con quienes tejemos redes utilitarias de ayuda recíproca. Nosotros tenemos cuates. Cuando no tenemos nada mejor que hacer, los vemos para echar unos tacos, unas chelas, una ficha y tan tan. Aquiles era amigo de Patroclo.
            Comparados con griegos y romanos, somos sensuales y sentimentales. Por eso, no nos atrae la amistad, que es amor racional. La amistad está en el vértice opuesto del afecto y el erotismo, como el amarillo del azul y el rojo en el triángulo cromático. Es el amor menos natural; al contrario del afecto, es el amor menos instintivo, orgánico y biológico; por el contrario del erotismo, que es amor por pasión, que nos pasa sin que podamos evitarlo, es el amor por elección pura, el que discrimina entre afinidades y diferencias. La amistad es amor que no brota de sangre ni leche, el de dos que se escogieron libremente, sin ningún impedimento para su libertad. No escogemos nuestros cariños ni calenturas. A nuestros amigos sí.
            Nada puede ser más diferente de un enamoramiento que una amistad. Para empezar, amantes y enamorados conversan sobre su amor. Se ponen de acuerdo sobre los términos en que se amarán, se ponen plazos, planifican los cómos, cuándos y dóndes y proyectan su amor para la eternidad. En cambio, los amigos nunca hablan de su amistad. Son amigos y ya. La posición del cuerpo también es diferente. Los que se aman con amor-pasión se ponen frente a frente, para abrazarse, para pelear a gritos y manotazos. Los que se aman con amor-elección, se ponen uno a lado del otro, y hablan, a veces tranquilamente, a veces acaloradísimamente, de algo que no es ellos, que está fuera de ellos.
            Amor de amante y amor de amistad, sin embargo, se parecen en una cosa. Ambos comienzan, a diferencia del afecto, que nunca sabemos precisar cuándo empezó, por un momento de revelación. Los amigos empiezan a serlo con una exclamación:
—¡¿Cómo?! ¿A ti también? ¡¿Tú también?! —¿a ti también te gusta Judas Priest? ¿Tú también juegas frontenis? ¿Tú también leíste el Manual del distraído? ¿A ti también te gusta plantar árboles y tú también sueñas con criar marranos? Aunque no es razón suficiente para la amistad, sin un interés común no puede haber amigos.
            Los amores humanos son pardos, mezcla de diferentes proporciones de afecto azul, erotismo rojo y amistad amarilla. Mi experiencia tiende al morado, más que al anaranjado, el color del sol cuando amanece. La mayoría de los amores-pasión que he conocido, con el tiempo y la distancia, sin desaparecer del todo, desenrojecen y se han ido azulando. Con mujer, no he tenido amores del color de canarios y girasoles. 
         Habré vivido bien, podré bien morir, si de mis amores de color indefinido, color de lodo, color de polvo, uno, dos cuando mucho, tienden al verde, pequeñitos como tréboles, refrescantes como limones, necesarios como esperanzas, cuando el carmín y el colorado se hayan deslavado a fuerza de besos.