domingo, 16 de diciembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (75)


Por Mauricio Sanders

Las calenturas se acaban al año. El amor no acaba nunca. Por tanto, no son lo mismo, aunque están relacionados, porque las calenturas pueden ser un medio maravilloso para fomentar un tipo de amor al que no le hacemos mucho caso, que nos parece tibio y mediocre, a los que fantaseamos con pasiones que duran puras y perfectas para siempre: el afecto.
            El afecto es una forma de amor muy real, concreta y tangible, porque es un amor animal. Es sencillo observarlo en los animales que tienen plumas o pelos, mientras se prodigan cuidados unos a otros, para ayudarse a vivir. Afectuosa es la gata que lame a sus gatitos, y afectuosos son los pollitos cuando acaban de nacer. Terneras y potrillos nos enternecen porque conservamos nuestros instintos de mamífero. Sólo de verlos nos dan ganas de que estén ahí y eso es el afecto: amor de estar.
            Ahora nos da vergüenza aceptar que los humanos somos bien animales. Incluso nuestro lenguaje se contagió del vicio. Si le ponemos el adjetivo “animal” al sustantivo “amor”, normalmente nos brinca a la mente la imagen de algo que un caballo, un elefante, un delfín jamás harían. Lo último que nos imaginamos es la ternura y calidez contenida en la naturaleza de las bestias, que a fin de cuentas es la materia prima de nuestra naturaleza híbrida.
            Tendemos a despreciar el afecto porque es el amor que se produce con la costumbre. La costumbre nos incomoda. Tan torcidos están nuestros hábitos mentales que incluso nos atormenta, como lo revela ese giro verbal tan frecuente en canciones y películas y en el pretexto para que dos se manden volar: “Es que ya no sé si es amor o es costumbre.” La disyuntiva es falsa. En nuestra naturaleza está eso que los ganaderos llaman querencia: le cogemos cariño a las cosas y personas familiares que nos rodean, que suavemente nos acompañan a diario.
            En ese conjunto caben nuestros socios de calentura, hayan acabado por ser nuestro cónyuge o un ex que vive en Australia. Sin que importe por ahora discutir si el deseo sexual mutuamente satisfecho es una forma de amor, alguien por quien estuvimos muy calientes, o que estuvo muy caliente por nosotros, es alguien cuyo pelo acariciamos docenas de veces. Incluso de forma accidental, sin buscar abrazo ni caricia, tocamos su piel en cien ocasiones distintas, al mover el brazo para jalar la cobija que se agandalló, mientras dormíamos juntos; al rozar las manos para tomar el salero, cuando comíamos del mismo plato, a la misma mesa.
Nos hacemos al tono y timbre de la voz de nuestros socios y, cuando les contestamos el teléfono, no hay que preguntar: “¿Quién habla?”  Su olor flota en la atmósfera del coche y de la casa y se sedimenta en el inconsciente. Su silueta es algo que podemos reconocer con facilidad, incluso de noche entre la muchedumbre que hace cola para entrar al cine. Un socio de calentura rebosa de consuelos.
Es innegable que hay mucho dolor cuando una calentura se acaba. Sin embargo, habría que analizar sus componentes: una parte habrá de fantasías frustradas, porque el niño que nos habita anhela instalarse con alguien en el País de Nunca Jamás; otra parte vendrá del orgullo herido, que no nos permite concebir que alguien es tan libre de tomarnos como de dejarnos.
De seguro, una parte del dolor surgirá del miedo que nos brota de perder un afecto. Quizá sea la forma de amor que más menospreciamos. No obstante, cuánto nos espanta perderlo. Es entonces que nos comportamos “como animales”.