sábado, 15 de diciembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (74)



Por Mauricio Sanders

Será que desayunan frijoles con arroz y se empujan el almuerzo del domingo con yuca frita, pero la mayoría de las ticas están buenísimas: piernudas y acinturaditas, pechugonas, nalgoncitas. En cambio, las mexicanas, por más que sus caritas suelan ser tan bonitas, tienden con mayor probabilidad al cuerpo chaparrita-cuerpo-de-uva. Por grandes agregados demográficos, las ticas arrasan por el cuerpazo. No quepa duda. Sin embargo, en comparación son pendejísimas.
“Pendejo” no es lo mismo en español tico que en mexicano. En esta tierra amable y fecunda, un pendejo sería lo que en México llamamos “coyón” o “sacatón”: un miedoso. Hecha esta aclaración, reitero: la mediana de las  mujeres ticas son re pendejas, usando “pendeja” en la acepción de por acá. Son coyonas. Sacatonas. Y eso, si no hace difìcil el sexo, sí dificulta el amor.
Con frecuencia, si no de atrás, las mexicanas están planas de arriba y, si no de arriba, de atrás. Pero lo que suelen tener anormalmente frondoso, turgente, exuberante es el corazonsote colorado que se cargan. Las mexicanas no le tienen miedo a enamorarse. Si se lo tienen, se lo quitan. Y si no se lo quitan, pos igual se avientan con todo y miedo y chingue a su madre el mundo, ya luego le pondremos Jorge al niño. Si no se enamoran, los varones no les saben ni a melón. 
Lo más desarrollado en las mexicanas es invisible para los ojos, pues principalmente se relacionan con el sexo masculino, no con sus cuerpos, sino por medio de la potencias de su alma. Y vaya que son potentes. Quizá se les podrá llamar tradicionales, conservadoras, incluso anticuadas, pero en su imaginario, para “hacer el amor” primero necesitan de eso como mole negro, eso como iglesia de Santa Prisca de Taxco de sentimientos y pensamientos que la convención llama “estar enamorado”.
Para unas, las relaciones sexuales son una actividad recreativa que involucra al núcleo de la persona tanto como la clase de educación física. Para otras, siguen siendo una agonía cargada de la conciencia espeluznante del sentimiento trágico de la vida, donde todo el ser se pone en juego, cuyo eco resuena por la eternidad. No estoy diciendo que sean blancas palomas. No por nada los moteles constituyen uno de los motores más vigorosos de la economía nacional de México. En lo exterior, las costumbres son las mismas. Pero si en promedio las mexicanas son por lo menos tan lanzadas como las ticas, son mucho más aventadas. A lo que se vayan a meter, se meten, por una noche o por sesenta años, como diciendo: “No te arrugues, cuero viejo, que te quiero pa’ tambor.”
Tampoco afirmo que, a nivel agregado, las mexicanas estén mejor de sus mentecitas que las de acá, pues su enamoramiento puede ser tortuoso y atormentado y, a menudo, los sexos se enganchan en celos y culpas. Por allá, hay muchas niñas mosca muerta. Muchas hacen, esta vez en mexicano, pendejadas por montón.
Las ticas son más francas y abiertas, incluso podría decirse que más sanas. Pero no le echan fua. No construyen el barroco esperpento emocional que, en la patria tersáspera, claroscura y agridulce, le da sabor al caldo.  No obstante, a las ticas no les va mejor que a las mexicanas. En esta tierra amable y fecunda, el índice de divorcios es altísimo, en todos los estratos socioeconómicos. En amplios sectores sociales, de cada diez mujeres por debajo de los veinticinco años, siete son madres solteras.
La vida aquí también se pasa con las mismas tristezas que allá. Aquí se vive mejor. Allá se vive más.