domingo, 2 de diciembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (73)


Por Mauricio Sanders

Ahora que el amor es difícil, sigue encendida la esperanza de que, subido a una montaña ha de haber un hombre que vive con un perro, que hace veinte años no se rasura, que viste un cuero de vaca y come quelites y chapulines. Este hombre sabe qué quiso decir san Juan, cuando dijo en su Primera Carta: “Dios es amor”.
Al recordar esas palabras, lo primero que me viene a la mente es que los amores humanos merecen llamarse “amor” en tanto más se parezcan a Dios. De aquí nace una primera clasificación que, para el hombre con perro, podría parecer, aunque natural, errónea: el amor como ofrenda y el amor como necesidad. Un papá que trabaja, planifica y ahorra para sus asegurar el bienestar futuro de sus hijos, del que ya no disfrutará, ama con amor-ofrenda; el niño asustado que, en busca de consuelo corre a los brazos de su madre, con amor-necesidad. Casi me parece obvio que el primer amor se asemeja más al divino, pero el hombre me haría preguntarme si el otro se parece menos.
—¿De veras en serio crees que nada como la necesidad puede estar más lejos de ser divino? —me preguntaría el hombre.
Con demasiada facilidad, se tiende a despreciar el amor-necesidad. “Mero egoísmo”, se le llama, incluso cuando a nadie con una pizca de sentido común se le ocurriría llamar  “egoísta” al escuinclito que corre a consolarse en los brazos de mamá, ni al adulto solitario que busca compañía. No cabría pensar que es “altruista” el niño o el adulto que no requiere amor, pues por regla, quien no siente esta necesidad es el más infernalmente egoísta.
Ahora que el amor es difícil, muchos andamos como con ganas de trepar a la montaña, para buscar debajo de las peñas, entre la nieve, al hombre que vive con un perro, hace veinte años no se rasura, viste un cuero de vaca y come quelites y chapulines. Si lo encontráramos, preguntaríamos:    
—¿Pero qué nos pasó con el amor? —Bella Boop se hace la pregunta. Se la hacen Miss Voy, Majalia, Quiquis, Erin y La Gaviota y yo sé que mi amiga Maskina de Arabia también se la hace, aunque mejor chambea como una loca. Se la hacen mi prima Ñañita y mi prima Resistencia y también Jícama y Nara y Bonicuasa la Cirquera. Y no sólo las mujeres. También Gari y Miramaestro se preguntan. También el Prince y Yago el Bueno. Los solteros. Los casados. Los divorciados. Los vueltos a casar. Y no nada más los bugas. También Villaurrutia y Masacó. Y si tantos preguntan, se debe a que la pregunta es vital. Tanto así, que nadie se pregunta meramente con palabras. Preguntamos con actos, con acciones, encontrándonos, queriéndonos, abrazándonos, deseándonos, maravillados de nosotros, de los otros. Preguntando, nos amamos con amor-necesidad.
Por respuesta, el hombre de la montaña quizá nos ordenara que bajáramos de vuelta al llano. Lo nuestro no es buscar allá donde el aire es más delgado, sino donde el barro, el lodo, el humus, el limo son espesos. El encuentro entre los sexos, que a veces también son del mismo sexo, con toda su complejidad, con todas sus complicaciones, con todos sus aciertos y errores, gozos y penas, glorias y miserias, nos demuestra que somos hombres. No somos como dioses. Nuestros amores no tienen por qué ser perfectos. Si lo fueran, ¿para qué querría yo que hubiera alguien que todavía supiera qué quiso decir san Juan?