domingo, 25 de noviembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (72)


Por Mauricio Sanders

Me imagino el cielo como un jardín plantado de ex. Allá estarán todas, desde La Lacana hasta La Machita más las que se acumulen, gráciles, ubicuas, corporales sin ser carnales. Allá nos tocaremos, nos oleremos, nos lameremos y, angélicos mamíferos, nos moriremos de risa de todos los planes que planeamos. Allá no quedarán mordeduras, quemaduras ni cortadas. En el cielo no quedará más que el amor que nos tuvimos aquí, que no por humano lo es menos.
            Aquí no se pudo, porque el mundo es ancho y tremendo. No se armó, aunque cada una de ellas y yo hubiéramos querido tener bisnietos juntos. No jaló. No aquí. Pero allá en el cielo nos diremos adiós igual que nos dijimos hola. Con igual gusto, con igual contento, con igual dicha, con igual sorpresa nos vamos a encontrar de nuevo para conocernos por primera vez y así nos despediremos, para luego saludarnos un millón de años después, porque en el cielo ha de haber montones de cosas mejores que hacer que pasar cien lustros con una ex, pero a la vez no habrá nada mejor que dejar que crezca, más lento que una ceiba, más vasto que un imperio, el amor que aquí no pudo crecer.
            Allá en el cielo, donde ya no hay prisa por llegar primero a ninguna parte, bien se puede dedicar un siglo a preguntar sobre cada una de las ex, ya sin extrañarlas:
­—¿Cómo eran sus ojos? ¿Pardos o negros? ¿Glaucos? ¿Grises? ¿Cómo eran que ya no lo recuerdo?—como es el cielo, la pregunta tendría respuesta. En estado contemplativo, se podrían verificar la presencia y existencia de  sus iris, sus pupilas, sus cejas, sus pestañas y el conjunto construiría su mirada, que pasa de tierna a alegre a melancólica a sorprendida, como deambulan los cometas a través del sistema solar. Con deleite, con brío, un milenio entero podría consumirse en responder:
—¡Claro! Así eran. Así son. Así están siendo sus ojos. Así serán por los siglos de los siglos. ¡Eureka! ¡Yupi! ¡Amén!
            Allá, un calendario maya se podría dedicar, completo, a contemplar un pecho, y un ciclo hindú a cantar la alabanza de todito el resto, parte por parte, desde el dedo chiquito del pie hasta el lóbulo de la oreja. Al final de pormenorizar las partes, los quince mil millones de años desde que ocurrió el Big Bang podrían irse en escuchar cantar a cada una de las ex y oírla tejer y destejer los piensos que le hinchan, como vela de un velero, el corazón.
            Ahora que el amor es difícil, lo más sorprendente de todo es lo fácil que ha sido amar y ser amado. Mi dicha no ha sido la de un solo amor único. Mi dicha ha sido otra. Otra mi suerte y otra mi elección. No se las recomiendo a nadie. A todos se las deseo. Ningún amor me ha durado los años de la vida. Pero a lo mejor la vida del amor no se mide en años. Nada se ha perdido. Un día habré de encontrarlo.