domingo, 4 de noviembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (69)


Por Mauricio Sanders

El cliché dice de una mujer “que lo da todo” cuando le permite a un varón que se ayunte con ella. Como casi toda el habla popular acerca de la sexualidad humana y el sexo femenino, la frase hecha es equívoca, pues una mujer puede darlo todo, sin inmiscuir a su vagina: las mujeres son generosas por naturaleza. Son lo que son. Por eso, dan y dan, por todas partes.
            Quiero cantar el corrido de un grupo de mujeres a las que he tratado por encimita a intervalos irregulares. Tienen los nombres que se estilan por acá, en esta tierra amable y fecunda, donde hay poquitas Carmelas, Anitas, Lolas y Lupitas, y en cambio abundan las Yorlenis y Damaris. Varias noches estas mujeres me lo han dado todo, aunque no me hayan dado nada.
            No me voy a hacer el espiritual. Estas mujeres están bien buenas. Usan unos shorts pegadititicos que adentro traen un par de nalgas que hacen retemblar los centros de la tierra. Portan ombligueras con escotes hondos como el cráter del Poás. Estas mujeres me dan cerveza y pollo. Me dan apios crudos con salsa de queso tipo Roquefort. Y aparte me dan unas ganas tremendas de folgar con ellas. Pero no se puede. En el trabajo no les permiten salir con los clientes.
            Tampoco voy a hacerme más carnal de lo que soy. También, con el pollo, la cerveza y lo demás, necesito una sonrisa, una caricia, un abrazo. Necesito contacto. Necesito hacer tierra. Eso también me lo dan, cuando se sientan a mi mesa a jugar con su pelo y escriben su nombre en una servilleta y pintan una flor con marcador en la cuenta, mientras me cuentan de su bebé con la boca llena de satisfacción y de las cosas que las ostinan y las que las motivan.
Cuando llego, alguna agita el brazo, otra hasta me avienta un beso. Se toman un tiempito para ir conmigo y decirme: “Pero regresó usted. Qué dicha.” Limpian con un paño el agua que sudó de la botella, luego me dicen “ahoritita regreso” en costarricense: “Ya vuelvo en un toque.” Se suben a un banco para bailar, aunque nadie aplauda el show, o se van a cantarle las mañanitas a un cumpleañero. Para eso, se visten con un disfraz de gallo chusco, pero lo hacen con tanta alegría y sencillez que parecen dignas como novicias de una trapa.
            El trabajo de estas mujeres es rudísimo. Son saloneras, como se dice por acá, y meserear, como decimos allá, es trabajo de juanetes y callos, de tendones inflamados en el antebrazo, de escoba y trapeador y calor en la cocina, con un gerente cuentachiles que las multa por los vasos rotos y un salario que no refleja ni el esfuerzo que significa el trabajo de la obrera, ni la satisfacción que éste produce en el beneficiario.
         Estas mujeres acompañan al que está solo. Hacen una labor muy noble entre gente necesitada. Son como maestras. Son como enfermeras. Pero Hellen Keller tiene su película y Florence Nightingale tiene sus estatuas. Como corresponde a las mujeres que lo dan todo, las meseras del Hooter’s de San Pedro en Costa Rica se merecen por lo menos que le pongan su nombre a un pueblo que diga a la entrada: “Bienvenido a Gloriana, en la Muni de Xaviera, Cantón de Beverley, Provincia de Cherie.”