domingo, 28 de octubre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (68)


Por Mauricio Sanders

De forma esporádica sostengo relaciones sexuales con una niña doce años que se llama Peggy Sue. Esas relaciones son de lo más gratificante.
Cuando llego a casa de Peggy Sue, su hermana le dice que ahí estoy. Entonces Peggy deja los cuadernos y brinca escalones para ir a mi encuentro. Cuando al fin nos abrazamos, yo la cargo y ella me planta un beso en la mejilla y yo la raspo, con la barba de las siete de la noche. A ella no le importa. Su cara es toda chapitas en sus cachetes pecosos y sus ojazos verdes brillan de expectación. Sentada en el sofá, coloca sus manecitas sobre sus rodillotas, porque está en esa edad de transición en que sus huesos, sus cartílagos y sus músculos no se coordinan para ver quién crece primero. En la sala nos relacionamos, hasta que su mamá le dice que ya es hora de dormir y yo me despido, plenamente satisfecho.
            Cuán rico me sabe ser varón cuando estoy con Peggy Sue a solas, en las noches tibias de esta tierra amable y fecunda. Cada que voy a verla, salí harto de la oficina, donde pasé el día trabajando en escuchar gente, en observar gente, en medir gente, en observar y medir mis respuestas, en previsión a las subsecuentes reacciones de los demás. En la oficina, hasta cuando soy espontáneo antes tuve que haber estudiado. Cuando llego con Peggy,  me muero de hambre y ella sacia mi hambre de espontaneidad.
            Peggy Sue y yo no podemos hacer de lado nuestros sexos. Tampoco nuestras edades. No nos encontramos desde nuestra esencia abstracta de seres humanos, sino desde nuestra accidentada existencia: este varón que soy se encara con esa mujer que es ella. Nuestras citas se desarrollan desde nuestras diferencias, que también son de religión y nacionalidad. Peggy y yo no podríamos ser más diferentes: yo huelo a sudor sobre tabaco y a madera y cuero. Peggy Sue huele a jabón. También huele un poquito a leche en polvo y un poquito a nardo y le parecen absolutamente insignificantes los asuntos que me han ocupado y preocupado durante el día.
            Peggy está en la infancia todavía, en tanto que todo le asombra  con facilidad. Pero es mujer hasta en su asombro, porque en asombrándose sacude, dobla y extiende las carpetas que, sean de vinil chino, sean de encaje de Holanda, todas las mamás del mundo usan para adornar la mesita de centro de la sala de su casa. Como es mujer, Peggy Sue me devuelve a un lugar más pequeño que no es la oficina ni el ministerio. Me devuelve a un lugar más grande. Me devuelve al hogar. Para Peggy, lo más importante que yo puedo hacer con un día es terminar de pasarlo con ella. Por supuesto, también le encantan los regalos y, desde su punto de vista, dárselos es lo segundo más importante que puedo hacer en un día. Peggy Sue es mujer. Yo soy hombre cuando entiendo que tiene razón.
        Mi propia experiencia indica que no es requisito indispensable andar en cueros para mantener relaciones sexuales. Algunas que me son gratísimas germinan, florecen y fructifican a distancias astronómicas de mis genitales. Su alcance y profundidad rebasa por años-luz lo que se suele decir con el eufemismo “relaciones sexuales”. Hablar con eufemismos es reducir el idioma. Reducirlo es socavar el cosmos.