sábado, 20 de octubre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (67)



Por Mauricio Sanders

Las relaciones sexuales también pueden ser feas, como ilustra esta anécdota. Una mujer joven y alta, de ojos grises y piel blanca, con el pelo negro lacio y largo, una mujer muy bella, hacía en el metro el camino de regreso a su departamento en los suburbios, desde su trabajo en el centro de un puerto del Pacífico septentrional. Llevaba en la mano los zapatos de tacón que exigía su empleador. Aunque era naturalmente elegante, mermaba su elegancia un traje sastre azul ultramar, armado por una costurera que, en su encierro fabril, no tiene tiempo de imaginar lo que puede hacerle a una congénere. La elegancia también disminuía por culpa del maquillaje excesivo.
Yo, mientras admiraba a la mujer, no pude achacar el maquillaje al mal gusto. Encontré otra explicación cuando, con la mano libre, ella se levantó el pelo que le cubría una mitad de la cara. Con el gesto favorito de la naturalidad femenina, que tiene tanto de modestia como de coquetería, se echó el pelo a la nuca, revelando entonces, como casualmente se revela el rencor durante una conversación, tres marcas horribles. Tres carnosidades pálidas concentraban en un punto de fuga atroz toda la belleza de la mujer. Los mezquinos o verrugas eran tanto más notorios porque aniquilaban lo que hubiera sido hermosura pura.
Íbamos en el metro y nadie prestaba atención más que yo, que ya iba imaginándome historias acerca de ese triángulo de carne, cuyos vértices eran la suerte, el destino y el sino. Entonces intervino un varón, que quiso entablar una relación sexual en el tiempo entre que el vagón disminuye su velocidad y se detiene en la estación, para descargar y cargar algunos kilos de humanidad. El varón estaba de pie junto a una puerta. Nada extraordinario había en él. Iba vestido con un traje entre café y gris de tela sintética y aspecto lustroso. El traje acentuaba sus rodillas algo torcidas y la estrechez de sus hombros. La calvicie y la barriga no eran consecuencia de algún vicio dantesco, sino el residuo del salario que devengaba atrás de un escritorio. Era un tipo común, sin más atributos que los de su clase y su raza. No obstante, para conseguir el efecto de fuerza necesario para lo que sigue, les pido por favor que se imaginen que era horroroso.
El varón buscó los ojos de la mujer para despedirse. La seguridad con que buscó el contacto indicaba que la conocía. En la manera en que forzó las miradas, quedó claro que se estaba valiendo de una posición de superioridad para conseguir que la mujer lo apercibiera. Tal superioridad, despreciable si proveniente de una posición laboral que le favorecía, se hizo detestable, al revelarse su verdadera fuente.
Ante el cortejo forzado, la mujer primero se despidió del varón con cortesía frígida. Repitió con la boca roja, por centésima vez en la jornada, una sonrisa de cortesía. Miró al hombre con desdén de arriba abajo, juzgándolo indigno de dirigirse a ella. Pero se le quedó el desdén en las yemas de los dedos cuando, como remate al rechazo, se tocó con suavidad la mejilla enferma. Todo el orgullo se le quedó en la mano cuando, recordando el espejo que la burlaba todas las mañanas, trajo pelito de la nuca para taparse la cara. Bajó los ojos y los clavó en la bolsa de súper donde guardaba sus zapatos de tacón. 
—Te crees mucho. Pero somos iguales —se vengó el varón mientras abandonaba el vagón. A veces, las relaciones sexuales son feas. Varón y mujer también lo somos.