domingo, 14 de octubre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (66)



Por Mauricio Sanders

Un privilegio de ser escritor es que, aparte de todas las relaciones sexuales que se pueden entablar con una mujer, el escritor puede entablarlas por escrito. Desconozco qué haga un banquero cuando quiere relacionarse con una mujer. Un nadador la interna en el Pacífico; mi abuelo, que era aviador, se llevaba a las mujeres a dar vueltas en su Cessna y les soltaba los controles. Pero cuando un escritor se enamora, puede hacer lo que el banquero, el nadador o el aviador y, además, escribirlo.
            Por lo general, las mujeres son criaturas sensatas. Quiero decir, prefieren meterse al agua, aunque las revuelquen las olas, a que les cuenten acerca de la natación; aunque se mareen, prefieren volar y no que les platiquen de aerodinámica. Las mujeres gustan de probar lo de veras; luego, de escucharlo, mejor si es cantado; y luego de tenerlo en un papel, aunque sea para echarlo en una caja, para cuando se ofrezca.
Sin embargo, antes de archivarlo en su clóset, las mujeres leen lo que les escribe su enamorado, lo cual coloca al escritor en una posición privilegiada. Con lo que escribe, puede estar con la mujer siempre que ella se mete a la cama, aunque sea solita. Puede asistir a sus horas más privadas, ayudarla a reír mientras zurra o llevarle un sonrojo, después de que la mujer se dirigió en silencio a su ángel de la guarda, antes de dormir.
Cuando un escritor se enamora, tiene a la mano un riquísimo código de tintas de colores, según quiera expresar, con tinta color lavanda, que anda tierno; con tinta color borgoña, que anda cariñoso; con tinta roja que está herido, o terco, con tinta sepia. Tiene el poder para escoger papel de lino, si quiere suplicar mediante carta rogatoria; para garrapatear en hojas de libreta notas imperativas; para apuntar en papelitos de colores recados cómicos, sonrisas y guiños que esconde, para que su enamorada se los encuentre por sorpresa, en un cajón, en la maleta.
            Un escritor conoce pocas satisfacciones equivalentes a la de sacar una hoja de papel y decidir acerca del color de su sentimiento; habiendo escogido si ese día está azul, verde o negro, escribir la carta, para luego ir a encargarla con la criada o echarla por debajo de la puerta. Si anda bravo, la puede pegar en una pared o un poste, a la vista del público, como si fuera aviso judicial. Si es que su carta puede esperar varios días, también puede depositarla en el buzón. Horas o días más tarde, llega una respuesta y la más breve es la más deliciosa: “Gracias.” Y las mujeres siempre dan las gracias, porque les halaga que les anden escribiendo.
            Todos los hombres son escritores mientras escriben sus cartas de amor. Pero no están en su elemento. Aunque pueden ser muy buenos, son aficionados, espontáneos, amateurs. Un escritor tiene la satisfacción particular de sentir que escogió una profesión útil, que efectivamente lo saca de apuros en momentos de necesidad. Dudo que un licenciado en relaciones internacionales se sienta igualmente satisfecho.