domingo, 7 de octubre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (65)


Por Mauricio Sanders

Aunque podamos quererla más de una vez, los varones queremos una sola cosa de una mujer: relaciones sexuales. No obstante, lo que cada quien entiende por “relaciones sexuales” es muy variable. Ilustro mediante Gobi, Oblongo y Diptongo, que estaban como a las once tomándose una cerveza, en un bar con banda de rock.
En el centro de la pista bailaba una mujer del color de una concha de chocolate. Llevaba espolvoreado un corto vestido blanco, como si su piel naturalmente transpirara azúcar glas. La mujer bailaba merengue con mujer. Su carne se mantenía firme como el dogma, mientras que sus coyunturas se movían elásticamente, como la moral jesuítica. Era lo que se dice un señor mujerón, de esos que a los varones nos ponen a temblar de miedo y sudar frío.
            El miedo, los hombres lo sabemos sin distinción de sexo, es un sentimiento desagradable. Para quitárselo de encima, la mayoría de los varones usamos, aunque sea para fantasear, una cierta definición de “relaciones sexuales”. Pasando tragos de cerveza para disimular los gulp de sus manzanas de Adán, Oblongo y Diptongo decían:
—Mae, pero qué rica güila, mae.
—Pero qué zorra.
—Las chupadotas que ha de dar. Qué rico.
—Si, mae. Qué rico, mae. Está para dejarla morada… —y un etcétera triste, de baba seca en las comisuras de los labios, de excesiva sudoración en las axilas, mientras dos varones trataban de hacer que el sentimiento desagradable desapareciera, degradando en la imaginación a aquella que lo provocaba.
Mi amigo Gobi se hartó, porque a Gobi, en sus mejores momentos, parece que lo escribió Rudyard Kipling. Salió del bar. Regresó con una rosa. Escribió en un papel y llamó a un mesero y le dio cinco dólares para que fuera a dársela a la mujer:
—Dígale que se la mando yo.
            Al recibir la flor y leer el papel, la mujer sonrió y alzó la mirada. Su cuerpo asumió una postura receptiva. Sin empequeñecerse, se hizo humilde. Se abrió. En cambio, Gobi se irguió y la saludó, extendiendo el brazo y la mano. Después se llevó ambas manos a la izquierda del pecho. Partió plaza y se dirigió hacia ella. Se encontraron a medio camino, donde ella le permitió darle un beso en la mejilla. Por razones que no toca ahora explorar, solamente en el ruedo de la plaza de toros, “a las cinco de la tarde”, se expresa un lenguaje corporal semejante al de estos dos que, entre la altisonancia lastimera de un bar en penumbra que huele a cigarro apagado y cuba tirada, fueron por un segundo El Varón y La Mujer eternos.
            Gobi es mi amigo. A veces, mi héroe. Pero es humano como yo. Se sentó con la mujer y dijo dos tarugadas, porque el día había sido largo en la oficina. Además, estaba espantado de lo que se había atrevido a ser. Bailó con la mujer pero baila muy feo. El fin de la historia es que estos dos se despidieron, felices de haberse encontrado, pero también de no volverse a ver. Después de haber sido El Varón y La Mujer, a los dos les resultaba insoportable regresar a ser Gobi y Sandra.
       —Pero que hijeputa más caraepicha más idiota, mae. Mae, ni el teléfono le pidió, mae, y rogándole estaba la güila que se la llevara a su choza —protestaron Oblongo y Diptongo, desde la barrera. Gobi, que a veces es mi héroe, no contestó nada.