domingo, 30 de septiembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (64)


Por Mauricio Sanders

Por diseño, por naturaleza, por constitución, los seres humanos tendemos a encontrarnos deliciosos los unos a los otros. De todas las delicias que nos damos, las  relaciones sexuales forman una categoría: las que se producen entre seres humanos de sexo diferente. A su vez, el coito es solamente un subconjunto de esas relaciones.
            Por un prurito del idioma, ahora nos referimos a la parte por el todo. “Tuvieron relaciones sexuales” quiere decir “copularon”. Como resultado, se constriñe el círculo de nuestras manifestaciones afectivas. Intercambiar con una mujer una mirada a cambio de una sonrisa, decirle un piropo, bailar con ella, ya no se entienden como relaciones sexuales, cuando la verdad es que lo son.
            En el significado actual de la frase “relaciones sexuales”, ya no caben experiencias como ésta que me relató Gobi, que le sucedió cuando con Oblongo y Diptongo se fue al Caribe, para una carrera de bicicletas de montaña que empezaba en la tierra amable y fecunda donde ahora habito y terminaba en la frontera con Panamá.
            —Mira, mae, pero qué ricas esas güilas, mae —le dijo Oblongo a Diptongo (“güila” vale por “chava” en español de México).
            —Mae, sí, mae —respondió Diptongo.
            Oblongo y Diptongo se arrellanaron en sus sillones, para especular acerca de todas las veces y maneras en que tendrían “relaciones sexuales” con esas mujeres, abundando en los detalles. De ahí no se movieron. Tras dos días de escuchar la misma retahila, Gobi se hartó y se acercó a las mujeres, de las cuales dos estaban muy bonitas y una, nada más pasaderita.
            —Perdón. No pude dejar de ver que vienen solitas. Ya también nosotros vamos de regreso. Me pregunto si nos permitirían que las siguiéramos en nuestro coche, por si se les poncha una llanta en el camino. Así, si a nosotros nos pasa algo, ustedes nos pueden ayudar.
            Con estas palabras, Gobi estableció relaciones sexuales con las hembras de su especie. Él ofrecía fuerza bruta y ensuciarse de lodo, en caso de necesidad. A cambio, pedía solicitud y diligencia femeninas. Como a los seres humanos nos encantan las relaciones sexuales, las mujeres dijeron que sí a la propuesta, cuchicheando, sonrojándose y riendo entre ellas como solamente pueden hacerlo las que tienen cromosomas XX.
            Cuando Gobi anunció a Oblongo y Diptongo el trato que había alcanzado, los dos dijeron al unísono:
            —Mae, pero qué pereza, mae —como no vieron “relaciones sexuales” en el corto plazo, Oblongo y Diptongo pretextaron que las mujeres iban a manejar demasiado despacio y que iban a hacer por lo menos una hora más de camino si las acompañaban, y agarraron su coche y se largaron.
            Gobi cumplió su parte del trato. Efectivamente, llegó a su destino como dos horas más tarde, pero no porque las de adelante fueran más despacio, sino porque pararon a comer. Comiendo, preguntando, contestando, platicando, cuatro personas, tres de un sexo y una del otro, sostuvieron relaciones sexuales.
            Después de que por fin llegaron, Gobi le habló a la más bonita del trío para preguntarle cómo había llegado a su casa. Días después, fueron al cine y repitieron la experiencia una media docena de veces. Nunca tuvieron “relaciones sexuales”. Pero todo el tiempo las tuvieron, mientras se iban conociendo y cayendo bien.
            Las figuras retóricas son instrumentos útiles, pero no conviene olvidar que son figuras, porque entonces se convierten en eufemismos. Los eufemismos son jaulas para el pensamiento. Por tanto, son cárceles para la acción. Para ser libres, si bien no siempre conviene llamar a las cosas por su nombre, siempre hay que tener el nombre en mente.