domingo, 23 de septiembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (63)


Por Mauricio Sanders

Ayer vi a una mujer. Es una criatura extraña, muy semejante a mí y, no obstante, completamente diferente de un espejo. El olor es diferente. Una mujer huele como a suéter color gris. Huele también como las máquinas de hacer algodón de azúcar, aunque no tiene vidrios ni partes rojas.
Algo en el olor de esa criatura me dice que se parece a mí. Es justo tratarla como yo mismo quisiera ser tratado. Pero también hay algo que me hace querer ser perentoriamente injusto. Nada más de olerla me dan ganas de tomarla como cosa mía, ponérmela encima o usarla para llenarme la boca.
Una mujer huele como me huele el antebrazo por la parte donde no me crece vello, pero ella huele en el pelo y desde el cuello. Oler a una mujer es como ser yo, aunque de lejos: es olerme como si me hubiera extraviado no sé cuándo, como si hubiera dejado mi rastro y me siguiera buscando.
            Ayer vi a una mujer. Me entró por la nariz un deseo antiguo de sentirme en casa, de llegar a un sitio de llegada. Quisiera un lugar para oler a esa criatura, ni yo ni espejo, ni lana ni algodón de azúcar, y después sentarme al fuego, a descansar los dos de la tarea cotidiana de no ser de esta provincia y vivir siempre en camino hacia la patria.
            Ayer vi a una mujer. Como yo, se resfría y necesita limpiarse la nariz. Como yo, tiene un grano en la cara, un poco a la derecha de su labio. Se parece a mí. Además del resfriado y el grano, la mujer tiene ojeras, idénticas ojeras a las mías, blandas medias lunas moradas. Me pregunto si una mujer no duerme por la misma razón que yo, porque a veces el futuro me cae encima de noche. Me aplasta el peso de lo que no existe.
Puede ser que una mujer no duerma por la mismas razones que yo. Pero es mujer. Es diferente. Una mujer hace una cosa maravillosa y fantástica que se llama bailar. Para bailar, usa unas mallas rosadas con las puntas manchadas de sangre seca, aunque bailar no es nada más estar sangrando.
            Ayer vi a una mujer. Hace algunos meses que sangra, pero dice que son los ensayos. Cuando la vi, estaba en algo conocido como “la función”, que es pararse en un teatro improvisado cuyo techo se cae, debajo de unos tubos de luz fluorescente, donde hay más ruido que música y cuarenta o cincuenta gentes. Para la función, una mujer tiene que pararse derecha, aunque tenga costras de sangre en los pies.
Ayer vi a una mujer bailar en un teatro improvisado. También la veían tres niñas de ocho a diez años. Las niñas eran de tez morena, chapeadas y chatas. Llevaban  suéteres de acrilán, tiesos y limpios. Estaban de pie, atónitas, con los ojos brillantes de encanto, viendo bailar a la mujer.
Las niñas se cuchicheaban palabras de admiración y luego callaban, boquiabiertas. Quizá fue que entendían las cosas que se dicen de manera suave, cuando una mujer abre los brazos lentamente, lentamente cierra el puño, levanta la pierna y se demora en hacerla girar, sólo por decir algo con un paso. Quizá fue que se decían:
—Soy mujer. También puedo bailar.
            Ayer vi a una mujer. No puedo decirle que no sangre, pero puedo decirle que no pare de bailar, porque de su sangre brotaron sonrisas de niña y su baile nos dice:
            —Estamos lejos de la patria. Pero vamos a llegar.