domingo, 9 de septiembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (61)


Por Mauricio Sanders

Ahora que el sexo es fácil, la palabra “sexo” ha estrechado su significado. Se usa cada vez más como sinónimo de “coito” y menos según la definición: “condición orgánica que distingue al macho de la hembra en los seres humanos, en los animales y en las plantas”. Asimismo, “placer” ha venido perdiendo significado y se utiliza como si valiera por “orgasmo”. El problema cuando se estrechan las palabras es que también lo hacen los pensamientos. Entonces, nuestras obras se angostan.
            —En un día normal entre semana, bajita la mano, tengo como veinte relaciones sexuales —de acuerdo con la definición estrecha, esto lo dice un charlatán. Pero se queda corto según el significado holgado, en el que cabe todo el gozo que se encuentra en eso que “distingue al macho de la hembra”.
            Estamos hechos para darnos placer sexual unos a otros. Lo recibo de mi madre. Se lo doy a mi hermana. Borbotones han chorreado sobre mí, de mis maestras de primaria, bachillerato y universidad. De dos o tres jefas lo he obtenido, y cómo me he dejado disfrutar por media docena o más de secretarias. Voy a la tienda y la vendedora y la cajera rara vez me dejan ir sin mi pilón.
Voz de mujer. Mirada, olor, caricia de mujer. Abrazo y trato de mujer. La cantidad y calidad de delicias y deleites que derrama el sexo femenino no tiene fin. Inteligencia, educación, sagacidad, perseverancia, elegancia, firmeza, las cualidades que en otro varón puedo admirar, adquieren sabor de frutas del Edén cuando provienen de otra que casi es como yo, nada más que es diferente. Entonces resulta más fácil amar eso que admiro, y no necesariamente porque sea más suave, dulce o tierno, aunque a menudo lo es. 
No podría intentar nada más tonto que precisar “lo femenino”. Es un dato de la existencia que me rodea por doquier. Por tanto, me molesta la definición angosta de la palabra “sexo”, porque acota y limita el ámbito de mis relaciones sexuales y del placer que me producen.
No puedo colgar mi sexo de un gancho, para relacionarme con una semejante igualmente asexuada. Con mi sexo miro, lloro, río, hablo, canto, juego y duermo. Todo lo que obro, tiene la marca de lo que soy: un macho de la especie hombre. En tanto que soy varón, me relaciono sexualmente todo el tiempo, con extrañas y familiares, con amigas y enemigas, con gordas y flacas, bonitas y feas, altas y chaparras, prietas y güeras, ricas y pobres. Y el sexo en la acepción de coito no siempre es la cereza del pastel.
—Guau. Qué chava. Qué bárbara —puedo afirmar, por lo bien que baila bachata, monta a pelo, nada de dorso, enseña historia, sabe geografía, dirige empresas o gana elecciones.
—¿Y no quieres con ella?
—Claro que quiero. Justo en eso estábamos. De ahí venimos.
Hay mujeres que me han dado extraordinarios deleite, regocijo, gozo, dicha y alegría. Que me han convidado a gustar el gusto, a saber el sabor de la vida. ¿Por qué, en este mundo raro, el idioma resulta tan poco apto para agradecerles por el placer sexual que me han regalado a puños, con la generosidad característica de las mujeres?