domingo, 16 de septiembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (62)


Por Mauricio Sanders

La idea de una mujer es ridícula. No huele a nada ni tiene sabor. No puedo hacerme a la idea de una mujer, aunque trato de plantearla con un sólidos argumentos. Estos son perfectos, construidos con matemáticas, en especial con probabilidad. Hay bastante geometría analítica en las parábolas de los hombros de mi mujer ideal, en la hipérbole de sus senos, en la curva excéntrica de su nariz. Hay algo de cálculo, aunque casi todo es matemáticas discretas, porque a una mujer la trato con respeto.
            Como soy muy inteligente, he construido y pulido la idea, pero a pesar de mis esfuerzos ésta es muy esquemática: no incluye sus pechos redondos y grandes cuando, en una camiseta negra sin mangas, ella estira los brazos y de repente sopla un viento frío y, de golpe, se endurecen sus pezones y me quedo mirando, feliz como un globo de helio, esos dos puntos de luz. A decir verdad, mi idea de mujer es francamente ridícula, aunque he puesto mi mejor esfuerzo en imprimirla en el interior de mi cabeza.
            Otra cosa es la presencia. Su mano con un anillo en el pulgar y sus chanclas de hule, por donde asoman como cerezas los dedos de sus pies, con las uñas pintadas de plateado, y yo siento un apetito inmenso de comer cerezas y se lo digo para escucharla reír que estoy exagerando. En seguida, saboreo de antemano el día en que ella y yo acabemos pegajosos de comer tarta deliciosa, o tal vez nunca acabemos, pero es un sueño de dicha comer tarta, llenarme los dedos de tarta de cereza y pintarme los labios de cereza como si fuera un payaso.
            Otra cosa es su presencia, cuando ella se apersona en una voz que se interrumpe para introducir un bostezo amodorrado, y yo siento un apetito inmenso de convertirme en un ser de lana anaranjada de mohair, de caerle encima como un edredón. Se apersona también en pelo negro, chino, largo, en la línea quebrada que corre de la frente a la sien. Yo siento un apetito inmenso de correr mi dedo por esa línea, aunque tiemblo porque apenas me atrevo. Pero ella lo permite y soy feliz como una pelota de esponja. Otra cosa es su presencia, cuando a mi lado una mujer es tan vivamente personal que ya no tengo idea de quién pueda ser ella, pero tampoco me importa.
Mi idea de mujer no es la única idea ridícula que tengo en la cabeza. Por ejemplo, también está la idea de patria. O la de Dios. Un poder infinito de bondad que es puro espíritu, pero que también es un hombre humanísimo que tuvo su residencia en el tiempo, pero que la sigue teniendo, tanto en el mundo exterior como en el centro de mi ser, donde se presenta de manera viva, aconsejando, animando, instruyendo, consolando, pero que a la vez se hace presente en un pan y un trago de vino. No tiene sentido. Mis ideas son ridículas. No me sirven ni para calentarme la cabeza. Otra cosa es la presencia. Puedo amar una presencia.