domingo, 2 de septiembre de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (60)



Por Mauricio Sanders

Después de estar hablando cuarenta minutos acerca de la Fuente P, el padre Scooter montó en pantera a la mitad de la clase:
            —Ya me tienen harto, todos ustedes que se vienen conmigo a confesar: “Acúsome, padre, de que la toqué.” Hipócritas. Mojigatos. Quince minutos de mi tiempo se los tengo que dedicar a que me describan con detalle, que si mi mano aquí, que si allá o acullá. Eso es pecado para ustedes, pero nada más.
            Algunos dejaron de cabecear. Scooter solito se daba cuerda:
            —¿Y sus pecados contra la verdad? ¿Contra la justicia? De esos no dicen ni pío, ¿verdad? Son ustedes unos paganos. Su idea de pureza no es cristiana. Vienen conmigo para que los deje limpios. Pero por adentro se quedan con su porquería y, en lugar de dar gracias por el placer que hay en sus vidas, lo tuercen todo y acaban sufriendo en vez de gozar. Son unos herejes. En el fondo, creen que su cuerpo es malo. ¿Y saben qué? De sus dizque pecados, los que confiesan son los que a lo mejor ni pecado eran.
            Scooter es chaparrito, canonista y calvo. Como es del clero diocesano, tiene que salir a perseguir la quincena y lidiar con burocracias. Si no está estresado, entonces está aburrido. En consecuencia, ansía ser popular, demasiado popular para el gusto de su obispo.
—¿Que se anduvieron toqueteando? A mí qué me importa. Bien por ustedes. A mí ni me digan. ¿Qué creen que no me dan ganas? Si se quieren confesar, mejor díganme las veces que han sido fríos y duros con un pobre o un enfermo. Pero no me vengan a quitar mi tiempo para presumirme si se les paró.
Aunque algunos (más algunas que algunos) se dieron de baja, el resultado neto de esta filípica de Scooter fue que ya no cabían los oyentes en el auditorio. Había quienes tomaban su clase sentados en las escaleras con el cuaderno sobre las rodillas, con la esperanza de que se aventara otra de ésas, pero en todo el semestre ya mejor siguió con las Fuentes Elohísta y Yahvista de los libros del Pentateuco.
Los que estábamos en el salón estamos sexualmente alfabetizados. Sabemos que cada 28 días más o menos una mujer puede quedar embarazada y cómo se pone y se quita un condón y cómo se usan otros métodos antinconceptivos. Contamos con un repertorio decente de prácticas y posiciones sexuales. Aun así, seguimos teniendo hambre de educación sexual.
Somos la generación autodidacta que ha aprendido a fuerza de prueba y error que el sexo no es deporte y que, si bien no conviene acercársele con frivolidad, tampoco es un dios. El sexo se parece mucho al mar: es increíblemente padre nadar, surfear, remar, velear. Pero te puede matar. Pese a todo lo aprendido en carne propia, de mi generación no se puede decir todavía: “Eran cínicos antes de ser expertos.”
Todavía creemos, aunque quizá de manera inconsciente, que la libertad sirve para el amor. Buscamos una conducta que no confunda moral con represión. Pero somos niños Montessori que crecimos con máximas como: “La práctica hace al maestro. Echando a perder se aprende. El único que no se equivoca es el que no lo intenta. Nunca permitas que tu escolaridad interfiera con tu educación.” Por mi parte, aplicando el método Scooter me he dado de guamazos, pero aun así me gustan el método y mi generación.