domingo, 26 de agosto de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (59)



Por Mauricio Sanders

Junto a la alberca del club al que me invitan en esta tierra amable y fecunda en donde habito, debido al incontenible apetito del hombre por reglamentar al prójimo para demostrar poder, la junta de gobierno clavó un reglamento. El último artículo dice: “Prohibidas las prácticas amorosas.”
            —¿Pero qué quiere decir eso? —me pregunta Illich.
            —No tengo idea. Lo mismo me pregunto —porque hablando en cristiano, lo que quería decir el legislador se interpreta como: “Prohibido fajar y coger.”
            Prohibir “prácticas amorosas” tiene tanto sentido como prohibirle al águila que vuele, al itabo que florezca, al plomo que pese. Nuestra naturaleza social se realiza a través de estas prácticas. Práctica amorosa es la de la mamá cuando le cambia el pañal al infante, cuando se pone al lactante en el pecho. La de la hija que besa en la mejilla a su papá y la del nieto que se restriega entre las rodillas de la abuela. Si dos amigos se encuentran, se estrechan la mano, se tocan el hombro y se preguntan, sonriendo, si al ratito se ven en el squash, con sólo eso ya infringieron el reglamento como para que los expulsen doce veces del club.
            En cuanto al espíritu del reglamento, se necesita un espíritu muy estrecho y mezquino para redactar “prácticas amorosas” cuando lo que se tiene en mente es “fajar y coger”. Para empezar, se comete una falta de lógica, al tomar la parte por el todo. Además, lo único que deja patente el que prohíbe practicar la parte junto a una alberca es que le hace falta un montón de práctica, pues a ningún ser humano en sus cabales se le antoja llevar a cabo ese subconjunto de las expresiones de amor a la vista de las familias que comen arroz con pollo. A los seres humanos sanos, en condiciones normales, no les gusta tener un montón de ojos encima, mientras fajan y cogen.
Lo que se puede llegar a antojar, en una alberca un sábado al mediodía, es la clase de expresiones que, al presenciarlas de lejos, mueve a dar gracias a todo el que no sea un triste amargado, por ser humano entre humanos: un kico mordelón, una nalgadita, un varón que carga a una mujer entre los brazos para darle vueltas, aprovechando el agua que simula una menor gravedad. En la alberca no se antoja mucho más, porque la piel de los hombres, a diferencia de la de los mamíferos acuáticos, protegidos por más pelo y más grasa que nuestra especie, no resbala rico cuando está mojada, menos cuando el agua tiene demasiadas partes por millón de cloro.
Por supuesto, los antojos pueden ser diferentes en un jacuzzi, de noche, en privado, pero incluso en esas circunstancias la prohibición sale sobrando, pues los humanos involucrados, después de picarse la cresta un tantito y de echarle tantita leña al bóiler, se van a salir del jacuzzi para proseguir su asunto secos, encima de otros muebles, entre cuatro paredes que los protegen de miradas ajenas. Si no lo hacen es porque están borrachos o drogados, porque les pagan por dar un espectáculo, porque son demasiado jóvenes y sus papás ocupan el cuarto, o son demasiado torpes y su cónyuge ahí los está esperando. 
            Puede que algunas de esas cosas no sean bonitas. Pero incluso cuando no lo fueren, no está en fajar y coger lo que las hace feas, ni prohibiéndolas se evitan.