domingo, 12 de agosto de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (57)



Por Mauricio Sanders

Hubo uno que quiso limpiar la palabra “coger”. Le fue muy mal. D.H. Lawrence (Inglaterra, 1885-1930), más que escritor, fue “vate”, en el sentido misterioso que esta palabra tenía en latín, antes de que los románticos la volvieran cursi. Fue el hombre-medicina que invoca la magia del lenguaje y contempla el sentido por medio de la palabra.
Con su obra, con su vida, Lawrence anunciaba un evangelio: el sexo es parte integrante fundamental de la sagrada vida humana. No hay en él, sin embargo, adoración del coito, pues también revela el fastidio y la frustración que algunas veces éste provoca, pues es signo de la relación de un yo vulnerable y contingente con un tú evasivo e inasible.
A este predicador, que se lanzó como quijote a restaurar el esplendor de un verbo magnífico, la censura de su tiempo lo juzgó como a un criminal. La autoridad retiró de la circulación su novela más conocida, aunque no la mejor, El amante de Lady Chatterley, tras un juicio altamente publicitado por “faltas a la moral”. El poeta murió de tuberculosis, sumido en la suerte de los profetas: fracaso y silencio.
La crítica literaria no fue más benigna que el poder del Estado. Aunque a la altura de los grandes maestros de la literatura moderna, Lawrence, más prolífico que Kafka o Eliot, más espontáneo que Proust o Joyce, no era del gusto de los profesores pedantes que norman el buen gusto en la lectura. Cuando la cultura popular por fin se fijó en él, lo hizo por la razón equivocada: Lawrence fue popularizado como ideólogo de la revolución sexual, siendo así que hubiera abominado de la promiscuidad fomentada a partir de los 1960.
En el ideal de Lawrence, en la medida en que aprendiéramos a coger, no íbamos a coger con más gente. El hombre pleno tiende a la monogamia, no porque a ello le obligue la ley o le constriña la necesidad, sino por voluntad propia y decisión soberana, por “amor”, aunque Lawrence usa bastante poco esta palabra. La plenitud sexual se alcanza en la unión estable con otro. Esa relación es fuerza vital capaz de revertir el flujo mortífero del mundo moderno.
Lawrence, que vivió la Primera Guerra Mundial, se sentía profundamente a disgusto en esta civilización, que divide al hombre contra sí mismo, en cuerpo y mente, en instinto y razón. Surgida al final de la Edad Media, esta división artificial nos enferma como individuos y como sociedad. Esa grave enfermedad, según Lawrence, se advierte en nuestra conducta sexual, a través de dos síntomas que, si bien a primera vista parecen contrarios, se retroalimentan en un círculo vicioso: libertinaje y puritanismo.
“Coger” no es una mala palabra. Es  más, es una de las mejores palabras que conoce el lenguaje, porque nombra una de las mejores acciones que podemos realizar unos con otros, porque ahí están involucradas nuestra ternura, nuestra compasión, nuestra fecundidad. Gran parte de nuestras vidas se pone en juego cuando, comprometidos unos con otros, compenetrados unos en otros, así sea para destruirnos, estamos cogiendo. 
Ahora que el sexo no se trata más como un misterio que ha ser contemplado, que es más un mecanismo que ha de ser examinado, una distracción que ha de ser popularizada, una potencia que ha de ser explotada, dejo para el final una frase de Lawrence: “We fucked a flame into being”. Uno puede meter la pata. Pero no la meterá hasta el fondo si enarbola un ideal: “Cogimos hasta concebir una llama.”