domingo, 19 de agosto de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (58)



Por Mauricio Sanders

Apuesto la Cheka a que todos, en algún momento, hemos tenido que confrontar a la autoridad pública en una escena atemorizante: la autoridad panzona y cacariza que discrecionalmente nos acusa de cometer, afuera del parque de Los Viveros o en el Circuito Juristas, en Satélite, o sobre Porfirio Díaz, en la Del Valle, la infracción administrativa que, en el reglamento cívico del DeFectuoso, aparecía como “faltas a la moral”.
        Quizá era uno de esos agarrones de besos salivosos que empañaban las ventanas del coche que nos prestó mamá en la adolescencia. Quizá, un evento más cercano en el tiempo, cuando ya no estábamos cubiertos con la ignorancia fragante que entonces nos cubría, pero igualmente podíamos seguir diciendo lo que ojalá nunca dejemos de decir: “Estoy vivo y toco. Toco, toco, toco. Y no, no estoy loco.”
           Comoquiera que haya sido, es un rasgo cultural de nuestra civilización que ha considerado como “faltas a la moral” todo ese espacio del contacto entre seres humanos, que comienza en el tope borrego y el beso esquimal y acaba milímetros antes de barrerse en segunda head-first. En todos estos ejercicios, Eros está presente pero todavía no llama a su amigo Priapo y, en muchas ocasiones, ni siquiera quiere que llegue. No es su fiesta.
Los seres humanos somos unos animales sexualmente activísimos y no toda la actividad sexual es precoital. Sin embargo, al clasificar como “faltas a la moral” a una amplia variedad de las manifestaciones de nuestra sexualidad, nos agandallamos al pobre de Eros:
—Mira, escuincle, aquí no puedes jugar. Para eso está el motel —pero el motel, con el tufo a desinfectante en los pasillos, los cristales anti-asalto de la recepción y las cortinas de lona frente a los cuartos, no es lugar más apropiado para que juegue un niño.
            Eros el alado es un chiquillo. Es curioso y travieso. Priapo, un dios tuerto a fin de cuentas, es más tosco, pero más fuerte. Sin ser malo, es la clase de muchacho que se aburre cuando llueve y hace maldades de puro aburrirse. Si se siente seguro, Eros domina a Priapo, porque es más listo: le enseña a jugar palillos chinos. Pero si no, hace valentonadas con el bravucón, con tal de sobrevivir al patio de primaria.
En una civilización de hombres sanos, el lugar de Eros nunca estaría ante la barandilla del juez cívico. El niño tendría más libertad. Se abrirían espacios para la actividad erótica, y esta frase no aludiría a la sex-shop ni al table-dance. En los parques, habría amplios lugares de estacionamiento, resguardados detrás de bugambilias tupidas y olorosos tamarindos, para que ahí guardáramos nuestros coches y nos dijéramos, en el idioma mudo que habla nuestra piel, incluso vestida con pantalón y camisa: “Hombre, toca, toca lo que te provoca.”
Eros tiene un innato sentido de la privacidad, que no es lo mismo que proclividad al secreto. Pero si se le reprime, entonces se emberrincha y se exhibe. En una civilización de hombres sanos, el niño estaría a salvo de los policías en los lugares públicos, mientras cae la tarde, las abuelitas pasean a su perro, los bebés son paseados en su carriola y el de los raspados pasea en su carrito botellas de jarabe de limón y de grosella.
La más grosera de las faltas a la moral es proscribir a Eros a la sombra, porque entonces su naturaleza se tuerce y se vuelve hosco y hostil. Así pasó debajo de un cielo rojo, en el mundo raro que oscila entre lo pornográfico y lo puritano.