domingo, 5 de agosto de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (56)



Por Mauricio Sanders

Muy adentro de la jungla donde los monos tití pasan sus días, entre las copas de los caimitos se entablan diálogos que los científicos del Centre pour l’Observation des Hauts Singes, a veces, tienen la suerte de registrar.
—Estás caliente. Tu piel está muy caliente.
—Es que estoy ovulando —sonrió la monita. Pero los científicos descubrieron más carnita por debajo de esta familiaridad.
—No sé por qué estoy haciendo esto —dijo la mona tití, besando al mono que yacía a su lado en la cara y el pelo, con ternura plácida y desvelada—. No te amo.
—Ni yo a ti —respondió el mono tití, jugando con una mecha de pelo de la mona.
—Ven, abrázame, para que no me sienta usada —la mona tomó el brazo del macho, para colocarlo en la región blanda de su abdomen. El mono apretó el tórax contra la espalda de la mona. Dormitaron en cálida quietud hasta que los despertó un maullido áspero. Vieron el reloj.
—¿Tons qué? ¿Te quedas o te llevo?
—No. Mejor me voy. Llévame, por fa. Pero si quieres pido un taxi —estaban en el caimito del tití.
—Por favor, cómo crees. Deja me visto.
—Oki —la tití veía los retratos y los cuadros y no sabía dónde poner las manos. Se ve que era bien educada y que la habían enseñado a no andar agarrando las cosas de una casa ajena.
—Listo. Vámonos.
—Pero no así —la mona protestó porque el mono se vistió en camiseta, pants y chanclas, pues le daba flojera volverse a abrochar los botones de la camisa, ponerse los pantalones del traje, fajarse, apretarse el cinturón y amarrarse los zapatos —. Imagínate que mi mamá está despierta y te invita a pasar.
—Okey —condescendió y se vistió, se peinó y se lavó los dientes. Se subieron al coche. El mono le abrió la puerta a la mona. Le subió a la música pero no prendió un cigarro: la mona ya le había manoteado al humo de uno que había prendido hacía un rato. La noche era deliciosa en la jungla.
—¿Y qué? ¿Ya no hablamos o qué? —preguntó la mona, que antes había exigido al mono que se vistiera de manera presentable y no en fachas de estar en casa, y aún más antes había dicho: “Abrázame para que no me sienta usada.” El mono, que se sentía soñoliento y satisfecho,  le bajó a los Pet Shop Boys. Quién sabe dónde pero encontró plática amena. Él también era un mono tití de buena educación.
—Bueno. Pues yo creo que ya no nos vemos —era la segunda vez que se habían visto.
—Yo creo que ya no —la mona regresaba a su país al tercer día después de este encuentro en la jungla donde viven los monos.
—Estuvo chido. Gracias.
—Sipi. Estuvo chingón. Que te vaya bonito por allá.
Lo bueno de los científicos es que no le buscan moraleja a los diálogos que alcanzan a registrar. Mi tía Feli no es científica. Mi tía hubiera dicho: “A esa monita le hicieron la grosería”, aplicando otro de los eufemismos que, como “hacer el amor”, designan al tapete de Temoaya de sensaciones y sentimientos que tejemos al coger, que es vida, es muerte y es misterio que las palabras bordean, sin poderlo penetrar.