domingo, 15 de julio de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (53)



Por Mauricio Sanders

Hablan bien bonito las ticas. No dicen “tranquilo”, sino algo que suena como “chranquilo”. Las enes las dicen gangosas, desde la garganta, y sus erres no ruedan sobre el paladar como “rápido corren los carros del ferrocarril”, sino que más bien zumban como abejitas. “Qué bzzzico”, dicen las ticas, en su español de miel. Pero la diferencia no estriba nada más en fonología, sino que también involucra cuestiones semánticas. A saber, todavía uno no se instala adecuadamente en el país, cuando entra a la casa la señora que hace la limpieza:
—Buenos días, mi chiquito. ¿Cómo amaneció mi amor? —ha habido mañanas que no me saludó así quien durmió a mi lado. Como es lógico, me busco de inmediato un intérprete.
—¿Me está tirando el can?
—No, licenciado, no le avienta el caballo. Así se usa aquí.
Uno llega a una cita de trabajo. Después de la cita, hay que llamar por teléfono a la funcionaria con quien uno estuvo citado, para “coordinar el seguimiento” del trabajo que hacemos los burócratas.
—¡Pero qué dicha, don Mauricio! —hay tardes en que ni llevando flores consigo que me hablen así, y eso que sólo llamaba para saber si llegó un memorándum. He de haber perdido el habla, porque lo siguiente que escuché al otro lado de la línea fue:
—Pero perdón, si le molesta que le llame así, mejor le digo señor… O licenciado…
—Pero cómo me va molestar, mamacita, si de eso pido mi limosna. Usté sígale nomás y yo le escribo tres memos por día.
—De acuerdo, don Mauricio—fue la lisa, llana respuesta. Sentí que había topado con pared. Una mexicana, si hubiera querido seguirle por ese lado, hubiera respondido:
—Ay, don Mauricio, pero cómo será usted —yo, que ya sé cómo soy, le hubiera contestado:
—Sígame hablando bonito y hasta le enseño. En una de ésas, le anda gustando.
En comparación con las mexicanas, las ticas no se enfrascan en la danza lingüística y la esgrima verbal, como hacemos en la patria, los varones con el albur, o, entre los sexos, con el arte tradicional del piropo, que, como el pasito duranguense, oscila entre lo craso y lo sublime. Como la esgrima, como la danza, mucha de esa plática rica de contenido erótico es codificada y convencional, aunque a los genios se les permite improvisar. Es un rito. Ahí está su encanto.
En esta tierra amable y fecunda, se usa diferente. Las mujeres tiran por delante su habla espesa, dorada y dulce, sin las ceremoniales alusiones y dobles sentidos que son la máscara que, hasta para enamorarnos, nos ponemos en México. En consecuencia, surgen problemas de código, lo cual explica por qué los mexicanos dicen que las de acá son lanzadas. No se están lanzando a nada, sino que así se usa aquí, hasta para comprar un coche.
—Pero qué bonito hablan los mexicanos—me dice una tica. Yo nada más quería saber el precio de una pick-up Nissan. O quería que me emparejaran las cejas:
—Pero qué bonitas cejas tiene usted—me dice la del salón de belleza, que me observa con lupa. Yo la miro de reojo desde un escorzo que la agiganta y me quedo con las ganas de invitarle una coca con helado de vainilla y responder:
—Pero lo más bonito lo tengo bien guardadito.
En esta tierra amable y fecunda, las mujeres no se quitan la falda para meterse a bañar. Se quitan “la enagua”. En la regadera, se enjabonan “las teresas”. Si se acaba el agua, "se ostinan", les "da un coleróng". Aquí, si uno se enamora, se ha de enamorar de oído.