domingo, 8 de julio de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (52)



Por Mauricio Sanders

La civilización no está bien de la cabeza. El otro día abordé el Metrobús a la hora de la torta de tamal. En la calle hacía lo que los chilangos conocemos como “mucho frío”: 3º C. En el camión, calor humano. Licenciados de corbata todavía escurrían agua del pelo, unos eran guapos como Kalimán, otros de plano feos como el No Hay; las chamaquitas de secundaria llevaban la falda gris a cuadros verdes y blancos del uniforme por encima de la rodilla, y la blusa blanca la usaban dos tallas más chica, para que asomara su ombliguito y el escote pareciera como chicozapote que se abre solo, de puro estar en sazón. Había chavos de arete en el labio con los pelos parados despintados con peróxido y secretarias cincuentonas con la faldita untada a unas caderotas como de María Victoria. Íbamos en masa compacta, unos pocos sentados, la mayoría de pie. Como lo manda la nueva reglamentación, viajábamos confinados por sexo: varones adelante, mujeres atrás. Legisladores y funcionarios quisieron ahorrarnos esta escena:
       —¡Baboso! ¡Abusivo! —voz femenina a la que una voz masculina contesta:
       —Chale, doña. Pos si yo nada más me andaba sacando la cartera. Ni que estuviera usted tan buena.
       Incluso en esta urbe descomunal, nuestras costumbres son provincianas, por lo menos a las siete de la mañana, porque apenas empieza a anochecer y, en la Calzada de Tlalpan y el Anillo Medallas (el tramo del Circuito Interior que construyeron para las Olimpiadas), aparece el sexo lacio y ramplón con que comercian los mexicanos, famosos por nuestros mercados desde el prehispánico de Tlatelolco hasta la contemporánea Central de Abastos. Pero nuestra esquizofrenia ya no nada más se divide en noche y día. Ahora también se parte en atrás y adelante.
    En las televisiones del Metrobús pasaban y pasaban y pasaban un como comercial del sadomaquismo, en el cual unos terrícolas bailaban, simulando el coito a ritmo de reguetón. Aunque iban vestidos de cuero negro, con látigos y máscaras, era fácil distinguir a los machos de las hembras por sus características sexuales secundarias, exageradas con implantes y prótesis. La letra contenía alusiones sodomitas que hubieran sonrojado a una actriz porno. Era como una estimulación con electrochoques al instinto sexual del par de cientos de personas que nos hacinábamos en el Metrobús. El mensaje implícito rezaba: “El sexo está muy bien, en cualquiera de sus presentaciones.”
       Ahora bien, que el sexo está muy bien, para fortuna de la humanidad, es estrictamente cierto y francamente delicioso. No obstante, si las autoridades que administran el Metrobús juzgan que es socialmente conveniente transmitir este mensaje para un público cautivo que viaja de camino a la escuela o al trabajo, ¿por qué se obliga a los varones a viajar separados de las mujeres? ¿No sería mejor dejar a los pasajeros que practiquen cada quien a su gusto la terapia aeróbica que anuncian las pantallas? ¿Acaso no es una crueldad irritar un deseo a la vez que inhibir que éste se sacie? Pero si no se considera apto para el cuerpo social que los pasajeros del Metrobús lleguemos a trabajar o a estudiar bien desahogados después de tortearnos y fajarnos todos contra todos un ratito en la mañana, ¿por qué no pasar Fantasía de Walt Disney?
         Cuando uno lee 1984, se imagina que detrás del IngSoc hay malvados inteligentes. En el caso de la Ciudad de México, están Los Polivoces que se echaron a perder.