domingo, 1 de julio de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (51)



Por Mauricio Sanders


Ahora que el cielo es rojo, me topé con una manera de salvar el afecto que todavía está en etapa experimental. Úsese bajo su propio riesgo.
            —Yo prometí amarte y respetarte todos lo días de mi vida. Si seguimos viviendo juntos, no voy a poder cumplir mi promesa —me contó que le dijo a su marido una mujer que llamaré la Informante Anónima: Infán.
            Infán está orgánicamente incapacitada para ser cínica, por lo cual se puede presumir que su dicho es sincero. Lo labró en lo profundo, pues Infán era nalgona y piernuda, pero llegó al dicho lisa como una tabla, con ojeras permanentes en sus ojitos grandísimos de color agua puerca, donde se ha depositado en lo profundo del iris una tristeza pacífica, harto más saludable que la depresión inexpresiva en que también debió sumirse, antes de separarse de su marido para poder seguir con él.
            Infán luchó más allá de lo razonable por “salvar su matrimonio” y también lo hizo su marido, sólo que él, en vez de enflacar, engordó más allá de lo conveniente para su sistema cardiovascular. Como en casi ninguna de las separaciones, en este caso tampoco vale aplicar el mito del vampiro: el marido de Infán no se puso obeso con lo que enflacó su mujer, sino que los cuerpos de cada cual enfermaron de maneras opuestas, con las penas que se impusieron sobre el alma por conservar “la unidad de la familia”.
            Ahora que el amor es difícil, Infán y su marido hubieran querido que no fuera así, porque nadie quiere vivir en una epidemia de cólera, y se pusieron a pelear contra la historia, porque el hombre es un hermoso animal de pelea y es un hermoso globo de Cantoya, que quiere volar a pesar de la historia. Como resultado, se llenaron de frustración, que contribuyó a hacer corrosivo lo que ya era desgastante. Parecía que se perdían allí, donde es el llanto y el rechinar de dientes.
            —Yo prometí amarte y respetarte todos lo días de mi vida. Si seguimos viviendo juntos, no voy a poder cumplir mi promesa —la solución es genial, aunque no es una fórmula mágica y entraña dificultades egregias para ponerla en ejecución. Pero Infán otra vez ya tiene ganas de ir al ballet y vuelve a rellenar los jeans con su carnita. Su marido también está mejor.
Infán y su marido se encuentran con regularidad. A veces ríen, a veces lloran o se gritan. A menudo parecen cualquier otra pareja de casados, porque entre ellos parece que no pasa nada más que la rutina del diario y los problemas que no tienen solución. Pero entonces cada quien se va para su casa, en paz porque está tratando de cumplir su promesa.
—Yo prometí amarte y respetarte todos lo días de mi vida —en la historia que nos tocó vivir hay que ser imaginativo para darle sentido a estas palabras, sin hacer de la vida un sinsentido. Ahora que el mundo es raro, la unidad lo tiene que ser más.
Al ver a Infán y su marido, no sé si dos personas puedan salvar un matrimonio. Pero pienso que un matrimonio sí puede salvar a dos personas, del modo misterioso que tiene de cumplirse la historia de la salvación.