domingo, 6 de mayo de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (43)



Por Mauricio Sanders

Ahora que el amor es difícil, se debe a un malentendido. El trabajo que se realiza a cambio de un sueldo o salario es tan desagradable que nadie lo haría si no le pagaran. Se le conoce como “chamba” para distinguirlo del que uno realizaría de gratis: escalar un volcán, navegar en solitario alrededor del globo, observar las estrellas del firmamento o, para algunos, probar teoremas matemáticos, traducir novelas rusas o componer música para piano mecánico. A este trabajo hay que renunciar para poder chambear.
            Los varones que no renuncian son como Miguel Ángel, Beethoven, Evariste Gaulois o Cristóbal Colón, ninguno de los cuales tenía esposa. Quedarse solteros fue la consecuencia que aceptaron por no chambear, porque una esposa implica una casa y una casa implica pagar una renta, comprar muebles, hacer súper, tener niños que nacen en una maternidad, asisten a una escuela y son vacunados en un consultorio. Por supuesto, hay varones que renunciaron y no alcanzaron a realizar nada digno de recordarse, porque la vida es como es.
            La chamba se desempeña en un ambiente de estrés, porque otros compiten por tu puesto, porque el bono depende de tus resultados, porque el contrato quién sabe si lo vayan a renovar, o, simplemente, porque tu jefe(a) es un dolor de güevos a quien nunca le gustan tus informes, reportes, planes o como se llame el papel que te pagan por hacer. Mientras chambeas, tu mente piensa:
—Si no estuviera aquí, estaría… —los puntos suspensivos indican actividades tan variadas como los varones: cazando un oso polar, ejecutando el Concierto Emperador, resolviendo la Conjetura de Goldbach o preparando tortas de queso de puerco.
            El malentendido radica en que se ha hecho circular la especie de que la chamba es interesante, divertida, fascinante y, que al estarla realizando, uno cumple su destino en la tierra y deja impresa la huella de su personalidad. Celosos de nuestras chambas, desde la Revolución Industrial los varones hemos obstaculizado el acceso de las mujeres, de tal suerte que ellas tienen que abrirse espacio a codazos, si quieren gozar la oportunidad de chambear.
            Este malentendido dificulta el amor, porque complica ofrecer:
            —Mira, mamacita, yo te quiero tanto que, si tú quieres una casita, un carrito, una ropita, tus viajecitos, yo te los doy, porque te quiero y no quiero que salgas a un lugar gacho a lidiar con gente pinche mientras haces cosas chafas. Te quiero tanto que no quiero para ti que tengas una chamba. Tú trabajas y yo chambeo. ¿Sale?
Gracias al malentendido, 9999 de cada 10 mil mujeres no podrían aceptar, ni ante el espejo, que les hubiera encantado que les ofrecieran ese regalo, que quizá sea el único de valor que le podemos ofrecer a una mujer, porque implica una dedicatoria tàcita:
—Tú eres mi Everest. Eres mi Sinfonía Coral. Eres mi Capilla Sixtina y mi isla La Española. Que muera mi sueño. Que viva mi sueño. Mi sueño eres tú —en la Antigüedad, el honor de un varón consistía en ofrecer ese regalo, sin nunca jamás pasar factura. El de una mujer, en aceptarlo como un cheque firmado en blanco, que nunca llena, que nunca va a cobrar al banco. A ese honor entre los sexos, los antiguos le dieron el nombre de amor, antes del cielo rojo, antes del mundo raro.