domingo, 29 de abril de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (42)


Por Mauricio Sanders

Ahora que el amor es difícil, el matrimonio lo es más. Hemos conseguido hacer de esta institución, que ya de por sí era una vía de perfección que exigía vocación de asceta, algo que se desea con ilusión pero se teme con pavor, porque se considera, con razón, que la monogamia estricta durante todos los años de una vida es prácticamente imposible de cumplir. Para que los matrimonios funcionen, hay que estar más consciente del polvo con que estamos hechos y garantizar que siga funcionando un antiguo instrumento de higiene mental y salud espiritual: el confesonario.
            Paradójicamente, en algún momento de la historia reciente de nuestra civilización libertina, al matrimonio se le empezó a exigir que cumpliera con una moralidad puritana. Se convirtió en una forma de vida que implicaba la exclusión de cualesquiera otras parejas sexuales, sin importar momentos ni circunstancias, ya no como estado ideal al cual se aspiraba, sino como un requisito indispensable para su continuidad. El resultado es que más de la mitad de los casados se divorcian por falta de conocimiento del animal humano.
            Al matrimonio se le idealizó tanto que se deshumanizó. Una esposa no es amiga, colega, compañera, amante, socia y vecina al mismo tiempo. No puede serlo. Cargar todas las necesidades emocionales de un varón sobre una mujer es injusto. Al revés igual. Esposo es esposo y nada más: humano con quien se resuelven cuestiones prácticas de la existencia, tipo contratar hipotecas, comprar súper o pagar colegiaturas, con quien nos une un afecto muy profundo que se ha formado con la costumbre de convivir al paso del tiempo, que permite a los cónyuges presumir con toda confianza y sin ningún asco:
            —Mira mi grano. Ve cómo le sale pus— amistad y erotismo son materiales que sirven para construir este afecto, pero no su condición sine qua non. Un matrimonio ideal es el peor enemigo de un matrimonio real.
            La moralidad de nuestros tiempos reclama mayor tolerancia para los homosexuales pero ninguna para los adúlteros. Solamente contra ellos el juicio es implacable y sigue apareciendo un tabú arcaico: la fidelidad conyugal se deposita en vagina y pene y no en la conciencia..
            El matrimonio necesita más cornudos y más casas chicas, porque exige enormes habilidades para admitir la verdad del ser humano: sin importar cuáles sean nuestras tinieblas ni flaquezas, para vivir en plenitud necesitamos la cercanía de una persona que no cambia de nombre al concluir cada año. Parte de nuestro ser, que también exige novedad, requiere de continuidad. En nuestra naturaleza está grabado el largo plazo. Mientras nos dura la vida, necesitamos perdonar y ser perdonados.
Quizá el amor sería más fácil si le bajamos tres rayitas, si los cónyuges, en vez de esperar ser todo el tiempo todo para el otro, esperaran ser alguien en algunos momentos.
Jícama escucha mi perorata con paciencia franciscana.
            —Órale. Yo le entro a la campaña— me dice—. Nada más que ora sí sea parejo.
            —Pus sí. ¿Pero a poco tú te crees que todos los señores que tienen amante su amante es una chamaquita soltera?— y, en lugar de dialogar socráticamente, nos pusimos a ventanear chismes de cuates, vecinos y parientes…