domingo, 22 de abril de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (41)



Por Mauricio Sanders

Ahora que el sexo es tan fácil, la revolución sexual sirve para vender chicles. En menos de cien años, lo que fue lema de una rebelión se convirtió en instrumento de mercadeo. El término “revolución sexual” fue acuñado por Wilhelm Reich, carismático y talentoso psicoanalista alemán que formó parte del círculo de Sigmund Freud. A partir de la idea de que el concepto freudiano de libido debía tener bases biológicas, Reich se puso a insistir en que no hay nada como un orgasmo para asegurar la salud física del individuo y una sociedad más humana.
Reich imputaba el advenimiento del Partido Nazi al poder a la represión de los instintos sexuales del ser humano. Huyó de Alemania para radicar en Estados Unidos, donde, obsesionado con la idea de cuantificar la energía sexual, construyó un aparato del tamaño de una caseta telefónica y le llamó “acumulador de orgones”, donde orgón es una partícula sin masa, similar al éter, omnipresente en microbios, plantas, animales, huracanes y galaxias. Los orgones se pueden contar con contadores Geiger especialmente adaptados y de su cantidad depende la intensidad de un orgasmo: para un ser humano común y corriente, una chaquetita tendrá 100 orgones; una calentura enamorada, 10 millones.
         De acuerdo con la teoría orgónica, un ratito en el acumulador no solamente permite incrementar el contenido de orgones del ser humano que ahí se encierra, de manera que la misma manuela de 100 se haga de a millón, sino que, al ser el orgón la fuerza vital creadora básica del universo, uno se puede curar del cáncer jalándosela. Ya en Estados Unidos, Wilhelm Reich, que me imagino se metía al acumulador como diez veces al día, en lugar de ponerse feliz porque sus ideas se popularizaban, hizo una rabieta cuando un grupo de activistas quiso aplicar sus ideas para armar, en la terminología de Reich, un “free-for-all fucking epidemic”, siendo así que él soñaba con una Utopía.
Dice mucho acerca de la relación entre sexo y modernidad que la Food And Drug Administration de los Estados Unidos de Norteamérica, en vez de dejar solito a Reich a que le salieran pelos en la mano, le prohibió continuar sus investigaciones y consiguió una orden para que todos los acumuladores de orgones fueran incinerados. Wilhelm Reich fue a dar a la cárcel, donde murió aterrorizado por la invasión de extraterrestres que se avecinaba. Para que la historia tuviera congruencia literaria, el acta de defunción debería haber dicho, en causa de muerte, en lugar de paro cardiaco: “hacerse puñetas”.
La historia del doctor Wilhelm Reich merece mayor respeto que aquel con que yo la alcanzo a contar, porque se parece a la de aquellos seres que aparecen en los mitos griegos y que están condenados por el destino a concentrar el espíritu de un lugar o el carácter de una época. Reich y la revolución sexual partieron de una ilusión tremenda en la liberación del género humano, pero el doctor no llegó a bañarse desnudo en las fuentes de la vida y la revolución vende Clorets, desodorante Axe y Viagra. El Prozac se usa para las consecuencias.