domingo, 15 de abril de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (40)


Por Mauricio Sanders

Ahora que el amor es difícil, Jícama bebe como ternera yogur Activia y, en vez de azúcar, le pone tres cucharadas de Metamucil a su café con leche. Apenas consigue expulsar en el excusado tres bolitas duras como de borrego. Su carita se le llena de granos y hasta un huipil le aprieta. Ahora que el sexo es fácil, no conozco a una mujer que haga bien popó. En cambio, para los varones producir en horas regulares cantidades abundantes de floja caca sigue siendo un placer muy asequible. Ahora que varones y mujeres todo lo hacemos igual como iguales que somos, esta desigualdad excretoria es injusta.
Algo irregular hay en el mundo, que toda una industria florece alrededor de que vuelva a florecer la flora intestinal de media humanidad. Mujeres y varones estamos hechos del mismo barro, solo que a ellas las hicieron con la arcilla fina. Los varones somos toscos brutos. Somos adobe. Algo grave y prolongado tiene que estarnos pasando para que se nos interrumpa la digestión de doce tacos de suadero con longaniza. Pero las mujeres son mejores. Por eso, son ellas quienes más resienten la irregularidad. Su intestino grueso protesta más pronto.
—¿Qué tienes?
—Colitis —en la revolución sexual, los varones sacamos la mejor parte, porque el resultado neto de la revolución es que subió la oferta y, por tanto, bajó el precio de eso que tanto nos gusta y tanto queremos.
Antes, por desquintar a una güerita y querer hacerte güey cuando ya se te pasó el antojo, los hermanos, primos y parientes de la güera te metían en una olla y hacían tamal contigo. Ahora, si la chava es bien liberada, hasta panzona la dejas y no chista ni su papá. Si quieres, pasas pensión alimenticia y, si no, lo peor que te puede pasar es que la jueza de lo civil no te deje visitar quincenalmente a tu chavito. Podrás sentir todo lo feo que quieras, pero nadie te va a matar ni te van a amputar nada ni te van a encerrar hasta que cumplas, no en una ciudad de más de cien mil habitantes. Algo se esfumó de la vida de las mujeres, que ahora están preprogramadas por la propaganda pseudocientífica para darnos más y más barato y, como resultado, acumulan ansiedad y angustia en el abdomen.
            Supongamos que buscamos un criterio de equidad para la conducta sexual. Como todos los criterios son arbitrarios, podríamos escoger el de zurrar a gusto. El problema entonces estribaría en encontrar aquella forma de conducirnos unas sobre los otros de modo que varones y mujeres evacúaramos  cotidianamente heces moderadamente fétidas, equilibradamente copiosas, normalmente pardas y regularmente suaves. No tiene un pero. Es más, ir al trono como rey o reina es una medida de felicidad bastante objetiva: hasta se puede contabilizar con reloj, báscula y regla y se pueden calcular promedios y desviaciones estándar.
De acuerdo con esa medida,  ¿cómo sería la conducta equitativa? ¿Cuál sería el precio justo? ¿Constipación diez de los treinta días al mes? ¿Cuatro días a la semana para los dos sexos? El mundo es como es. A cambio de tanto gozo que podemos darnos unos junto a las otras, no es excesivo que varones y mujeres tengamos que pagar con unas semanas, meses, incluso años de lamentaciones. Pero lamentarse no duele tanto como andar estreñido del diario.