domingo, 1 de abril de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (38)


Por Mauricio Sanders

Ahora que vivo en una tierra extraña, amigable y fecunda, me dan ganas de darle a todas. No obstante, a ninguna le he dado todavía.
            Iba a volar de vuelta desde mi patria hacia la tierra extraña donde vivo. Ya estaba sentado en el avión cuando subió esta chaparrita de ojototes verdes. Me miró rete bonito. Me dieron unas ganas locas de ponerme a darle. Durante el tiempo de vuelo, preparé el encuentro. Sin embargo, al bajar, entre migración, maleta y las arañas, la chaparrita se me perdió de vista, después de haberme mirado bonito otra vez. Sus ojototes no me volvieron a mirar. Ya no le di.
Vivo por ahora en una tierra extraña. Me dan unas ganas locas de darle a todas. Será que necesito que me vuelvan a mirar.
            En esta tierra donde vivo, viví durante un mes en un apartotel, con ejecutivos, diplomáticos y turistas sexuales. Ahí, un gringo gordo, viejo y feo entró y salió de su suite con una nalgona fina y chula. Aunque sus tacones eran de pro, el maquillaje ni las uñas denotaban profesión.
            Lo de las uñas lo noté porque el gringo, la profesional y yo llegamos a la puerta del apartotel al mismo tiempo. El gringo, que además era un pelado, la dejó diez pasos atrás para que cerrara la puerta. Yo no sé si fue por por dejarme su tarjeta de presentación o si fue por otra cosa, pero al coincidir la profesional y yo sobre la puerta, me rozó la mano con sus dedos morenos y largos. Me dieron unas ganas locas de ponerme a darle.
Dos o tres veces volví a encontrarme en la escalera al gringo feo con su acompañante, pero no encontré manera de cruzar una palabra con ellos, de usarlo a él como medio para hablar con ella. Los dedos de la nalgona chula no me volvieron a tocar.
Por ahora vivo en una tierra extraña. Me dan ganas de darle a todas. Será que necesito que me vuelvan a tocar.
En esta tierra, fui a una función de teatro a la que iba a seguir un almuerzo de negocios. El teatro era pequeño y amateur. El espacio entre butacas era pequeño y el calor, ecuatorial. Delante de mí se sentó una muchacha de la edad de Lolita, que se soltó el pelo y meneaba la cabeza, con su nuca pegajosa como chicloso de cajeta en aquel calor.
Dos, tres, cuatro veces la muchacha echó la nuca para atrás y su pelo, castaño y lacio, cayo sobre el dorso de mi mano, apoyada en mi rodilla. Mi mano sintió la seda tibia del pelo. Dos veces pensé que era accidente. Pero a la tercera y cuarta pensé otra cosa, tal vez porque la tierra es fecunda. Por supuesto, me dieron ganas de darle, aunque mejor le puse atención a lo que pasaba en escena. Me esperaba un almuerzo de trabajo y no tenía nadita de ganas de pasar en la mañana, ante el director de la prepa y la fuerza pública, por Humbert Hummy Hum.
Ahora que vivo en una tierra extraña, me están dando ganas de darle a todas. El amor se me quedó en la patria. El sexo es muy fácil. A nadie le he dado, pero en ojos, mano y pelo encuentro mi país. No tiene que ser genital para ser sexo, para ser ese lugar que tal vez se llama cielo, que siempre está arriba, siempre azul y siempre lejos.