domingo, 25 de marzo de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (37)

Por Mauricio Sanders

Cuento con los dedos mis encuentros con desconocidas. Alguno ha dejado su rastro de remordimiento. Pero no éste, que fue en una mañana cuando yo iba en camino a comprar una bicicleta usada.
            Ahora soy forastero en una tierra extraña, amigable y fecunda, pero igual extraña. Aunque ya puedo encontrar fácilmente una casa sencilla y hermosa, todo lo demás aún me resulta confuso y laberíntico. Salí a pie y me perdí.
Una mujer desconocida tomaba el sol con una visera de palma. Usaba un vestido rojo sin mangas y tenis de lona blanca. Le pedí orientación.
—Újule—me dijo, aunque en esta tierra no dicen “újule”, sino otra cosa que suena diferente pero quiere decir lo mismo.
—Újule. Está perdidísimo. Está muy lejos.
La desconocida exageraba. Nada aquí queda tan lejos. Todo está cerquita porque el país es una mirruña. Pero aunque la tierra es amigable y fecunda, no es mi patria y todo me parece lejano, confuso y laberíntico.
La desconocida del vestido rojo se puso a caminar a mi lado. Llegó a la esquina. Le dio la vuelta a la manzana. Me condujo varias cuadras. Me dejó después de media hora.
—Aquí a la derecha camina 250 metros y ya llegó.
Mientras caminaba, me platicaba:
—¿Leyó usted Juan Salvador Gaviota?
La desconocida de rojo está en su tierra amigable y fecunda. Sin embargo, es el ente raro: el patito feo. También me contó sobre una película de ciencia-ficción. Por supuesto, se identificaba con el astronauta que llega a un planeta donde todo le resulta confuso y laberíntico.
—Así soy. Usted sabe, ¿no?— y sí lo sé.
La desconocida también es forastera. Me hizo compañía. Me dio consuelo. O quizá yo se lo di. Forastero yo. Forastera ella. Forasteros ambos. A veces pienso que la patria siempre es otro ser humano.
La desconocida y yo nos despedimos. No la he vuelto a ver, aunque sigo caminando por los mismos rumbos, sin encontrar todavía mi casa.
Ahora que el amor es tan difícil, que el sexo es tan fácil, ya no sé dónde está la diferencia. No podría decir que tuve un encuentro erótico con la desconocida, que era como treinta años mayor que yo. Sin embargo, su vestido rojo, su visera de palma y sus tenis de lona me dejaron leve y suave impresión, como no la hubiera dejado mi encuentro con un desconocido.
Ella tampoco tuvo un encuentro erótico conmigo, que andaba disfrazado de turista, con gorra, botas, pants y cangurera. Y sin embargo, buena parte de su conversación se le fue en describirme, a lo largo de cientos de pasos, cuán elegantes eran antes los hombres de Bogotá y Cartagena, elegantes con sus trajes de lino y sus gaznés de seda y sus sombreros de panamá,  planchados, almidonados, blancos, limpios y elegantes a pesar de cualquier calor. No hubiera habido velado reproche si hubiera andado al lado de una desconocida.
Me encontró macho. La encontré hembra. Ahora que el amor es difícil, me encuentro al sexo por todos lados y en todos lados también me encuentro afecto, cariño, ternura, consuelo. Me encuentro con los nombres del amor. El planeta en donde habito está lleno de consuelo en apariencia humana.