domingo, 18 de marzo de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (36)

Por Mauricio Sanders

Estuve en un burdel antes del mediodía. Un gringo desayunaba papaya con una flaquita nalgona en las piernas. Pedí café exprés y le disparé un capuchino a una colombiana de ojos grises bonitos. Se llamaba Jenny y por tres dólares fue mi amiga durante media hora.
            —Hola, papi —se acercó Jenny a mi mesa. Me acordé de “The Boxer” de Simon & Garfunkel.
El burdel, en la planta baja de un hotel-casino, da ejemplo de externalidades positivas. Atrae clientes que gastan en baraja y cerveza y, si quieren, en cuartos de hotel donde cierran la operación con las prostitutas. Para que no entren menores de edad, antes de ocupar su puesto éstas presentan una credencial con código de barras ante un lector óptico. Monotes con guoquitoqui circulan en la penumbra, cuidando que no ingresen adolescentes, pero también que los hombres no molesten a las obreras.
—Mi amor —saludan éstas. Sin ser elegantes, son discretas. No enseñan merca. Usan señales, como en el jazz o el jai-alai. Si apercibes su mirada, abres negociaciones.
Jenny no labora tiempo completo. Aunque su actividad principal es vender ropa, apenas cubre los gastos y trabaja extra para juntar capital. Cien dólares es la tarifa base. En un mal día, Jenny sale por cincuenta. Los días buenos puede hacer hasta tres “negocios”, como ella les dice, y se queda con el ingreso completito, porque no paga derecho de piso.
Jenny comparó con la situación del sector en México, donde las matronas sí cobran comisión a cambio de instalaciones y protección, y me contó un poquito sobre las partes duras de su chamba. No le gusta beber, pero con ciertos clientes tiene que echarse varios tragos antes del apretón de manos. Usó el símil de la tortura china para referirse a las drogas: son la gotita que cae en la cabeza de alguien hasta enloquecerle.
—Hay muchachas que así les gusta. Se emborrachan y se drogan con el cliente. Pero yo no. Yo pienso en lo que voy a hacer de vieja. —Jenny me dio quince minutos de plática rica a cambio de un capuchino. Podría haberme vendido una hora de otra ricura que, de todas maneras, no dura mucho y se hubiera consumido casi toda en preliminares y conclusiones.
Otras relaciones son menos claras en los términos de intercambio. Con novia, el sexo no aparece en la cuenta. Pero gastas entre cuatro y ocho mil pesos al mes, entre cenas y cines. Al prorratear, en las primeras semanas cada negocio te sale como en $50, pero al año se estabiliza en cien dólares aprox.
La esposa cuesta mínimo veinte mil al mes. Incluso en un matrimonio sexualmente activo, cada negocio cuesta arriba de cien, aunque el trato incluye ayuda material y apoyo emocional 24/7, además de activos intangibles, como cooperar solidariamente por un fin común.
 Se supone que con la novia o la esposa el sexo es de regalo, al igual que las invitaciones a salir o pagar renta y súper y vacunas y ropitas del chamaco. Pero en este mundo raro, debajo de un cielo rojo, ¿Jenny me vendió su plática? ¿O me la regaló?
Quizá un día sí haga como en la canción y me vaya al burdel a buscar “some comfort there”. Hay consuelo en muchas partes y de muchos modos, pero todo tiene su parte de regalo e interés. El planeta está lleno de consuelo en apariencia humana. Aunque no es igual esposa que novia que Jenny, solamente uno es el consuelo y es igual aquí que en China.