domingo, 12 de febrero de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (31)

Por Mauricio Sanders

Lois y yo escuchamos hablar a un recién llegado que nos contó de un deporte que no conocíamos: el vapor de resistencia. Para este deporte concursa una bola de locos en los baños públicos. En la puerta de aluminio del vapor general hay una bandera a cuadros. El que acomoda las toallas agita la bandera. La bola de locos hace un paseíllo en chanclas y se encierra. Cada diez minutos sube la intensidad al vapor. El que aguante más calor y más humedad por más tiempo es el ganador. El recién llegado nos contó que hay torneos a round-robin a nivel Distrito Federal. Los campeones compiten en los nacionales. No abundó si la tortura es idiosincrasia mexicana o si hay mundiales donde turcos y finlandeses se retan a cocinarse como la barbacoa.
—Neuróticos orates— pensé. Pero luego lo pensé dos veces y me fui a anotar en la lista para el siguiente torneo. Yo ya he practicado ese deporte con bizarría.
—Vamos a echarle ganas— se dicen en algún punto las parejas que empezaron como ráfagas de dicha, pero luego uno al otro se producen frustración como la que produce sacar una licencia de construcción en Polanco. Como el toro se crecen al castigo.
—Vamos a echarle ganas— quince, veinte minutos se las echas, hasta que llega la hora en que no sabes si es obstinación o perseverancia.  Ahogado, sofocado, aguantas un tantito más:
—Pero es que vivimos juntos cosas tan bonitas…
Y un poquito más todavía:
—Pero es que todavía nos faltan cosas tan bonitas por vivir …
Los motivos se vuelven confusos. Ya no saben uno ni otro si están siendo fieles o traidores, porque lo que quizá los mueva a soportar, durante meses que parecen milenios, los 50º de temperatura y la humedad superior al 100% es esta traición:
—Mira, hija(o) de la chingada, yo aquí me muero, pero a que tú te rajas primero.
A punto de desmayarte, alucinas un futuro que es un lago de deshielo rodeado por bosques de coníferas y abejas melíferas en la Columbia Británica. Ella, tú y los hijos de ambos hacen día de campo. A lo lejos se yergue un glaciar blanco, azul y negro. Es un futuro precioso. Pero el presente es insoportable.
—Vamos a echarle ganas. 
Y de repente pácatelas. Cataplum. No conozco una pareja que aguante una temporada de echarle ganas sin explotar como olla exprés. Pancita, médula, menudencias y puré de otros restos humanos se riegan por todas partes. Toma cinco años por lo menos empezar a limpiar el batidillo embarrado en los mosaicos del baño de vapor.
Salí lacio de la reunión. No le encontraba pies ni cabeza al cuento del recién llegado.
—A veces hay que echarle ganas. A veces hay que no—condescendía conmigo mismo mientras caminaba de regreso a mi casa.
—¿Pero cuándo sí y cuándo no?
—Hay cosas a las que echarle ganas y cosas a las que no.
—¿A cuáles sí? ¿A cuáles no?—me exasperaba.
—Buenas noches.
—Que descanses— me respondí. Aunque la Cheka me lamió la cara, me tardé mucho en dormir.