domingo, 29 de enero de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (29)

Por Mauricio Sanders

Para jugar a los monos a gusto, en el nivel más básico se necesita confianza en que al final no pulularán, en orden creciente de alarma, artrópodos, hongos, bacterias o virus en tu, en el mismo orden, pubis, uretra o venas. También se necesita confianza en que tus sentimientos serán tratados como un huevo Fabergé: algo delicado y muy valioso que tiene piezas móviles.
            La confianza se requiere en otro plano: la reproducción. Frente a ésta hay dos aproximaciones. Una, considerarla como un siniestro. Sin importar el método anticonceptivo, siempre hay probabilidades de choque o volcadura. La otra es considerar a la reproducción como sacarse el Melate: evento favorable cuya probabilidad de ocurrencia es mil veces menor a que te parta un rayo.
Ningún anticonceptivo sirve para exterminar el temor y todos le quitan chiste a jugar a los monos. Deja tú si el condón embota la sensibilidad. Es lo de menos. Lo que se embota está en otra parte. Es como comer tacos del Chupacabras sin probabilidades de diarrea. Si sabes fuera de toda duda y con absoluta certeza que antes contraerás salmonelosis por comerte un Gerber, los chupas ya no te saben tan buenos: el temor, en dosis razonables, sazona.
Nada le pone más sabor a un temporal de andar apescuezado que la pavorosa esperanza de engendrar un hijo, que es como lanzarte de cabeza con alguien en el tobogán más largo, enredado y empinado de todos los parques acuáticos del universo, solamente que la alberca que está al final algunos días está llena de agua y otros, vacía y tú no sabes cuándo. Que te puedes dar en la madre a ti y al otro y al que viene, sí. Por supuesto. Y eso lo hace todavía más rico.
Tener un hijo se parece mucho a la esperanza de sacarse sesenta millones de pesos. Si te los sacas, tu existencia, tal como la concebías, desaparece. Se vuelve imposible conservar tus hábitos, costumbres y rutinas. Puede ser benéfico. También puede acarrear consecuencias catastróficas, aunque éstas no te importan cuando estás en el clinch, puche que te puche al Melático. Sacarte millones de pesos puede ser lo peor que te llegue a pasar. Igual que tener un hijo con alguien en quien no confías.
La confianza que intercambian los socios de tobogán es de naturaleza práctica: se refiere a casa, vestido y sustento.  Opera a un nivel muy instintivo. Cada socio espera del otro que sepa ser Homo sapiens, que la hembra sepa procurar y el macho proveer. Creo que las arras, esa parte del rito con que se casan los católicos, expresan de forma sucinta y exacta las mutuas expectativas.
—Recibe también estas arras: son prenda del cuidado que tendré de que no falte lo necesario en nuestro hogar—dice el socio.
—Yo las recibo en señal del cuidado que tendré de que todo se aproveche en nuestro hogar—responde la socia.
Podría parecer que esta confianza es somera. Pero es abismal. Es confiar que en el bulbo raquídeo de un ser humano, ahí donde es pino, atún, rana, iguana y caballo, ahí late el Bien.
            Nada importa si te casas, si la quieres o te quiere. Si hubo reproducción, tu única esperanza es que estés ante un fino ejemplar del otro sexo de tu especie.
        —Eres buen animal—ésas son las palabras que es más riesgoso comprobar. Mas no están en el glosario de nuestra “educación sexual”.