domingo, 22 de enero de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (28)

Por Mauricio Sanders

Supongamos que no es un paliacate lo que está en juego. Que es algo valioso. Cien mil pesos. Diez mil. Mil. Quinientos pesos.
—Oye, estás muy guapa. Tienes bonita sonrisa. ¿Cómo te llamas? ¿Me prestas quinientos pesos?—hasta un betabel desconfiaría.
Un vegetal pediría tres pruebas de que su dinero volverá antes de sacarlo de la cartera. Un ser animado pediría seis. Un animal inteligente, una docena para quinientos pesos y una gruesa para diez mil.  Sin embargo, el compendio de imprudencias, arbitrariedades y prejuicios que intitulamos “educación sexual” dicta que es de buenas maneras dar las nalgas tras dos veces de haber interactuado con un semejante.
De donde resulta que el valor que asignamos a nuestros cuerpitos es como de mil pesos. Y todavía ni siquiera empezamos a hablar del alma. Vamos en la confianza suficiente como para, sin temor a un contagio, jugar a los monos a gusto.
Jugar a los monos, si bien es un ejercicio físico intenso, siempre está acompañado de nutrida variedad  de movimientos interiores: sentimientos, deseos, esperanzas, ilusiones, etcétera. Para jugar, dos cuerpos se combinan en posiciones que son más que las del Pilates pero menos que las del Twister. En cambio, las posturas internas de los jugadores son incontables.
Durante el ejercicio, los cuerpos de los jugadores, extrañísimos sacos que, como el planeta Tierra, contienen los tres estados de la materia en incesante transformación, se comportan como sólidos que tienen una frontera demarcada por un límite tangible llamado piel. En lo líquido se unen, pero figurativamente, pues dos salivas revueltas no son los salivantes. En circunstancias propicias, a nivel celular se puede producir la unión, pero solamente de dos células de esos sacos de movimientos interiores que, al jugar a los monos, invocan estados como la transfiguración y la comunión, pero espantan a los niños y a las moscas parecen ridículos.
Lo que sí se une es lo interior. El fruto de esa unión es el monstruo llamado Nosotros. Si Nosotros es fuerte como buey, fiel como perro, hermoso como tigre, paciente como asno, útil como abeja, o si es Frankenstein, Moby-Dick y Drácula mucho depende de que, al iniciar el juego, haya habido confianza y de que, durante éste, se pueda cultivar.
Nosotros es el monstruo del cuento que pregunta:
—¿Me quieren?
Pavoroso como las multitudes y el océano, Nosotros se asemeja a un niño, a veces demasiado tímido para preguntar esa pregunta de la cual pende su vida:
—¿Me aman?
Nosotros parece extranjero. Habla poquito español. Lo poquito lo habla mal. Parece enojón. Parece tonto porque casi no habla. Pero es que quiere escuchar las cosas que no se pueden decir.
Hay animales que comen pasto. Otros, cebras. Nosotros es un animal que come confianza. Aunque come mucho, al poquito rato vuelve a comer. Entonces, en un idioma que suda, sin palabras vuelve a preguntar:
—¿Me quieren? ¿Me aman? ¿Siempre van a estar ahí?
Nosotros es un animal doméstico. También es una bestia feroz. Parece que nada le basta. Pero se contenta con muy poco.
A menudo los que jugaban a los monos se separan. Nosotros repara. Muerde. Pica. Se encabrita. Con tantita confianza se amansa. No se compra mentiras pero comprende que el mundo es así. Con tantitita confianza, Nosotros se la cree si le decimos:
—Sí. Te quiero. No pude estar pero te quiero y siempre te voy a amar.
De esa tantititita confianza nada dice la educación sexual, que define “cuidarse” como “ponerse un plástico en el pirulí”. Nos tratamos como si valiéramos mil pesos y así nos va.