domingo, 1 de enero de 2012

MUNDO RARO/CIELO ROJO (25)



Por Mauricio Sanders

Acabo de pasar un coraje marca diablo. Necesito dulces. Por eso voy a pensar en mis ex.
Lo último que supe acerca de Uno es que se doctoraba en Princeton en historia de la ciencia. En ratos libres leía Las crónicas de Narnia. Vino a México de pasadita y le enseñé a andar en bicicleta. Cosa curiosa. Los tres años de prepa anduve con Uno y nunca supe que no sabía andar en bici.
Sé por sus hermanos que Dos experimenta con polímeros en el MIT. En el Quién me encuentro seguido la foto de Tres. Cuando trabajé en una editorial me ayudó a encontrar a la viuda de un tío suyo, a quien buscaba para renovar los derechos de una novela que el tío escribió en una plantación de chicle.
Cuatro bailaba ballet. Me enseñaba las uñas que se quedaban pegadas por dentro de sus mallas rosas después de que hacía puntas. Vive en España y tiene dos niños. Nos despedimos en el coche con el mejor abrazo del mundo mundial. Con Cinco me tomo cafecitos semestrales. Quedó de hacerme filete Wellington y le hablo por teléfono cuando tengo problemas para hacer gelatina de piña.
Seis tiene tres hijos ojones igualitos que ella. A veces me la encuentro porque casi somos vecinos. Me gusta acariciar a sus niños, decir sus nombres y chulear a la chiquita.  Ya sé que digo barbaridades y ahora diré otra más: siento cerca a esos niños. Conozco de dónde salieron. Sin embargo, Seis y yo ni platicamos. Cuando me la encuentro siempre se despide:
—Por fa salúdame a tu esposa.
Si supiera…
Supe que Siete organizó una exposición de pornografía en Australia. No quiero saber más. Ocho me invitó a ser su amigo del Facebook. No tuve interés.
Nueve está en el cielo. Antes de ser mi esposa fue mi amiga. Luego se murió y sigue siendo mi amiga.
—Pinchis escritores, están bien locos, abrón—decía. Era fácil ser yo con Nueve. Para Nueve no era fácil que yo lo fuera.
Con Diez comparto una cosa preciosa. Tras veinte meses de sumergirnos en una atmósfera venusina, ahora nos escribimos escuetamente palabras amables que saben a pan y nos han costado sangre. Las llamadas aún son breves. Todavía no nos vemos ni por casualidad. Pian pianito. Al fin y al cabo que no serán dos cosas preciosas las que lleguemos a compartir.
Con Once y sus hijos tengo plan para ir al circo este domingo. La señora que plancha mi ropa es nana de los hijos de Once. Once me sigue procurando cosas muy lindas.
Del Uno al Once con ocho cogí. Observo que las tres cuyo recuerdo es menos gratificante son con quienes no realicé esa actividad. Brinco a sacar conclusiones.
—¿Coger vincula? —cuestiono al padre Scooter.
—No —me responde con argumentos de las epístolas paulinas.
Me pregunto por la naturaleza del vínculo. Scooter tiene razón. Cuando necesito un dulce, de lo que menos me acuerdo es si cogíamos. Me vienen a la mente “las cosas discretas, amables, sencillas”.
Del Uno al Once ahí están. Puedo pensar en ellas. O mandarles un mail o echar un fon. Con suerte hasta me las puedo encontrar.  Una vez cada quince días, cada tres meses, cada año, no es imposible que pasemos un ratito agradable en compañía.
Ojalá que del Uno al Once se sientan igual, si están pasando por un coraje marca diablo. Si también necesitan un dulce, ojalá que esté yo entre el Uno y el Diez, Once, Doce…