domingo, 25 de diciembre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (24)

Por Mauricio Sanders

En su clase de la Facultad, fray Grandote inaugura el semestre:
—Moral es aquello que da encanto a la vida.
Ahora que el sexo es tan fácil, supongamos que contamos con un instrumento para medir la funcionalidad de nuestra conducta sexual: el “encantómetro”, un app del iPhone que retiñe al detectar encanto y chilla con el desencanto.
Ahora que el sexo es tan fácil, nada más fácil que salir a la calle con el encantómetro a hacer lecturas.
—Está guapa. Está rica. Es simpática. Es lista. Va—la coquetería preliminar es encantadora. Él y ella se encuentran montonales de virtudes y cualidades que no pensaban podían comprimirse dentro de la misma piel. Para el primer beso, el encantómetro suena como la música que se hace con copas de cristal y, usualmente, musicaliza más fuerte y más bonito durante las primeras sesiones de medio-medio, cuando los dos se sienten panteras negras uncidas por los ombligos. No pasan muchos meses para que las lecturas hagan un ruido como de gis en el pizarrón.
Supongamos que una función para la cual está diseñada la conducta sexual es engendrar y fortalecer cierta clase de vínculos que nos unen a nuestros semejantes. Pase lo que pase entre tú y yo, siempre me encantará toparme contigo, cuando sales de clase de Mate IV, al entrar a una junta para planear el número de marzo, al celebrar nuestro sexto aniversario de bodas o al ir a visitar a mi hijo, y entonces darte un beso, un abrazo y preguntarte cómo estás y cómo te ha ido. Aunque a veces será de mal gusto salir a pasear por Memory Lane, al encontrarme contigo en este mundo ancho y tremendo me siento como en casa y mi encantómetro como que toca partes de El clavecín bien temperado. Pero, por el contrario, parece que la función de nuestra conducta sexual es poblar el universo de cobradores que trabajan para las tarjetas de crédito en medio de una crisis financiera global.
Fray Grandote, en alguna clase, suspira de forma distraída mientras enseña hermenéutica analógica:
—Lo malo no está en coger. Lo malo está en mentir.
Ahora bien, cuando salimos a la calle a hacer lecturas con el encantómetro, solemos declamar a las primeras de cambio, sin pruebas sólidas en la mano:
—Te amo. Eres la mujer/el hombre de mi vida.
            Tal vez digamos estas cosas por tramposos, pues sabemos que así le subimos unas rayitas al encantómetro. Aunque no haya intención de perjudicar, estrictamente estamos mintiendo. No creo que el encantómetro sonara armoniosamente si fuéramos honestos:
—Nel. Ni máis que te amo. No sé si te quiero. Ando caliente y me siento como perro sin dueño. Necesito meter gol. Creo que tú también. Me caes bien cuando estás de buenas. Cuando estás de malas, por fa vé a que te aguante tu madre. Estás guapa. Estás buena. Eres simpática. Eres lista. Me la paso bomba contigo. Vamos a ponerle un rato a ver qué pasa. Si te embarazas, ni en drogas me caso contigo todavía. Le entro al chamaquito de a como nos toque, hasta ahí, y ya luego vemos…
Sin embargo, mi experiencia indica que, al paso de los años, cuando me topo con una mujer con quien realicé en colaboración ensayos de conducta sexual, el encantómetro suena más bonito mientras ella y yo más admitamos que, entre todas las babosadas con que nos adulamos los oídos, eso nada armonioso era lo que nos queríamos decir. Y eso hace que el amor sea menos difícil.