domingo, 13 de noviembre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (18)

Por Mauricio Sanders

El otro día fui con Ics a la pastorela de su hija la mayor. Comenzaba la función cuando llegó corriendo el papá de la niña. El hijo menor de Ics y el hombre éste estaba acurrucado en los brazos de su mamá. Un asiento abajo y a la izquierda estaba la abuela del niño, madre de Ics y ex suegra de quien, antes de escabullirse de prisa a un asiento donde nadie lo viera, saludó de lejos con la mano y pegó un grito en dirección a su hijo, con voz aguda de nerviosismo:
            —¡Hola, campeón!
            Ics miró hacia una antena y la abuela levantó las naricitas al cielo decembrino. Más desprecio no se le puede manifestar a la baba de un caracol. El niño, partido entre dos lealtades opuestas, medio que alzó un bracito para responder al saludo de su padre. Por supuesto, el hombre éste se cobró a lo chino y gacho en cuanto pudo. Un caso de utilización irracional del divorcio.
Para lo que debería servir este aparato es para subir las gradas despacio, acercarse a la otrora suegra, abrazarla y hacerla reír con alguna tontera, saludar a la ex esposa con un quiúbole y un besito de cachete, estrechar la mano del acompañante y desearle suerte en la rifa del tigre, agarrar al niño, sentárselo en las piernas y ver  cómodamente la pastorela. Total. El pedo ya se acabó. Las partes tienen lo que querían: ya no verse a diario más custodia compartida más pensión alimenticia menos tus chicles te los compras tú.
            Al utilizar racionalmente el divorcio, podrían brotar estos diálogos:
            —¡Guapa mi hija! Baila padrísimo. Como su madre…
            —Y como tú de terca. Tres horas para peinarla porque a fuerzas quería trenza francesa— respondería la madre con un guiño, para aclarar que no agrede. Y a lo mejor al final se comen unos churros y le echan juntos porras a la niña y el niño siente que el alma le vuelve al cuerpito. Pero no. Lo que hay es ácido clorhídrico sobre hielo seco: las desventajas del matrimonio sin sus ventajas.
            Para cambiar este estado de cosas, antes de dictar sentencia los jueces deberían impartir a las partes un curso posmatrimonial, antisimétrico con respecto a las pláticas prematrimoniales. Ahí las partes estudiarían dos momentos de la historia universal: el Tratado de Versalles y el Plan Marshall.
            —A ver, ustedes—explicaría el juez con palitos y bolitas—, tú eres Franciay tú, Inglaterra. Los dos ya ganaron, ¿okey? La chingadera ésa de matrimonio que tenían es el Káiser. Es Hitler. El malo kaputt. Finito. ¿Sale? Los niños son el pueblo alemán. ¿Qué hacemos con el pueblo? ¿Le damos hiperinflación o Milky Ways y M&M’s?
            Para como funciona el mundo, las partes, aunque tuvieran maestría en Yale y un doctorado en la Sorbona, levantaríamos la manita y, cual en el kínder, diríamos como hace mucho no decíamos nada de común acuerdo:
            —¿Hiperinflación?
            La pregunta de verdad interesante es por qué podemos ser inteligentes en todo, menos eso que sirve para vivir y dejar vivir.