domingo, 6 de noviembre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (17)


Por Mauricio Sanders

Hasta donde me da el cerebro, el divorcio se inventó como último remedio para una situación insostenible. Pero por lo que alcanzo a ver, lo utilizamos como preludio a una insostenibilidad continua, perpetua y creciente.
            Por ejemplo, el otro día fui a la primera comunión de los hijos de Resinita, quien hace varios años se divorció de su marido, tras los consabidos pleitos, riñas, peleas y un transcurrir cotidiano que a Resinita y su ex marido los dejaba cada día más flacos y verdes. En la familia no necesitábamos chismes para darnos cuenta. A ojos vistas era obvio que a los dos les urgía divorciarse.
Ya en el desayuno, resultó notoria la ausencia del papá de los niños en una ocasión tan importante. Resinita traía la cara torcida de amargura. Su tez era color de pepino con las chapas en pistache.
            —¿Y ahora por qué se peleó con José Roberto?—adivinó de inmediato mi tía Chela.
—Es que José Roberto quería invitar a sus papás y a sus hermanos…
            —¿Y?
            —Resinita le dijo que tenía que pagar sus mesas y el otro salió con que no tenía dinero y que este jardín estaba muy caro…
            —Y tu prima le dijo que mejor no viniera —sazonó la tía Toña.
—¿Y entonces por qué está enojada?
—Pues porque no vino…
            Aquí no importa quién tenía razón y ni siquiera si la versión que circuló en mi mesa era cierta. Lo que importa es que Resinita y José Roberto, aunque ya están divorciados, no estaban usando el divorcio para lo que se inventó: simplificar este tipo de asuntos, para que sea más sencillo y cómodo, más fácil y expedito llegar a decir con el pasar de los años, cuando ya se me olvidó cómo sonaban tus rezongos, cuando ya se te olvidó a lo que olían mis calcetines:
            —Oye, por fa apártame dos mesas, porque quiero ir con mis jefes.
            —Sí, claro, nada más que cada lugar cuesta trescientos.
            —Chale, pero justo ahora ando bruja. Se me atrasó un cliente con los pagos.
            —No te preocupes, dame dos mil ahorita y luego me das lo demás.
            O al revés.
            —Mira, voy a ir con mis papás y mis hermanos. Somos veinte. ¿Te parece que yo ponga la mitad?
            —¿Cómo crees? Si los míos somos ochenta.
            —No importa. ¿Pos cuántas veces van a hacer su primera comunión mis hijos?
            —Va. Mil gracias.
            Hasta donde me da el cerebro, el divorcio se inventó para que paulatinamente puedan restaurarse la decencia, la amabilidad y la cordialidad, al concluir el infierno que llegó a ser la diaria convivencia, y entonces incluso, en un futuro, pueda volver la generosidad, que a todos nos hace sentir tan bien con nosotros mismos y, en consecuencia, unos con otros. Pero lo usamos para lo contrario.
            Estas cosas se me ocurren para convencerme a mí mismo de que soy un ser inteligente, al estar perdiendo el tiempo cuando estoy en un embotellamiento en el Periférico, detenido a velocidad cero, consumiendo gasolina de a más de a ocho pesos por litro con el motor al ralenti, en el interior de una máquina diseñada para avanzar sin problemas a ciento veinte kilómetros por hora. Se me ocurre que los mejillones han de burlarse de la inteligencia de seres como Resinita, José Roberto y yo, que usamos los aparatos caros y complicados que produce nuestra inteligentísima cultura precisamente para lo que no son.