domingo, 23 de octubre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (15)

Por Mauricio Sanders

—Si vas a escribir, sé honesto —me dijo Lois. Así que no voy a expectorar pretextos por escrito, si puedo usar mis palabras para compartir experiencia.
Desde los 25 años, he tratado de demorar la entrada a la parte húmeda de la relación en cuatro ocasiones y he intentado cancelarla en una. Entré muy gallo a los experimentos. Me sentí una amalgama de sir Lanzarote del Lago con Federico de Prusia con san Luis Gonzaga. Así me fue.
Con las sujetos A y B traté de demorar la entrada blandiendo el mandamiento:
—Tú y yo no tendremos relaciones sexuales hasta que nos casemos.
            El resultado fue positivo. Con A hubo un “qué susto” imperceptible que no tuvo consecuencias. Desconozco el paradero actual de A. Con la sujeto B hubo seis años de constante contento y cariño fraterno que califican como “qué gusto”. Lo malo es que B era la única mujer en el mundo a quien yo no debía contentar como a una hermana.
Con la sujeto C traté de cancelar. Tuve tanto éxito como si hubiera querido contener una plaga de langostas con un bote de insecticida en aerosol. Lo mejor hubiera sido seguir la técnica Oscar Wilde para enfrentar tentaciones y después subirme el cierre y volver al hogar.
En mi experiencia, demorar la entrada a la parte húmeda de la relación por medio de una declaración tipo “tú no puedes ser para mí un objeto de placer” sirve como elemento disuasorio. Cuando una mujer normal escucha algo así suele reaccionar:
—Ah, cabrón. Este güey sí está loco —y no vuelve a contestar ni un mail.
La experiencia con C me dejó más blandito. Con D traté de moderar mis exabruptos:
—Vamos a esperar un año —y ya no hasta una boda.
El problema es que la sujeto D estaba todavía más loca que yo. Lo que me había servido para disuadir le sirvió como materia inflamable.
—Necesito ver que también embonamos en ese tema.
D necesitaba verlo pero de ya. Se puso a tronarme los dedos. En lugar de darme la vuelta e irme, me encabroné y, encabronado,  “alcé, llegué, toqué, besé, cubríla”. Me engallé, a pesar de que que, en los gallos, el giro y el colorado pierden:
—Va. Pero a ti te quiero para tener niños.
Y la otra, en vez de huir despavorida de la catástrofe inminente, dijo, como i bambini fanno oh:
—Órale, va!
Resultó que, aunque en ningún otro tema embonamos, en el tema en cuestión sí que lo hicimos. De ello quedó prueba viviente.
Con la sujeto E también traté de demorar la entrada.
—Vamos a esperar seis meses.
—¿Por qué seis? ¿Por qué no uno o cuatro o doce? —me interrogó E. Pero se quedó. Al mes hubo un funeral inesperado.
—Tengo un hoyo en el corazón —me confesó.
Y nos pusimos a taparlo con ahínco y ternura. Aunque nunca terminamos, estuve contento como globo de Cantoya.
            —Si vas a escribir, sé honesto— me dijo Lois. Así que, si me juzgo con rigor, confieso haber sido un doctor Mengele, pues he hecho experimentos con seres humanos. También he permitido que me usen como conejillo de Indias. A esta serie de pruebas les he dado el nombre de amor.