domingo, 16 de octubre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (14)

Por Mauricio Sanders



Éste y ésta se ven. Se gustan. Tarde o temprano tendrán que decidir: entran o no en la parte húmeda de la relación. Hay muchos modos de adentrarse en esta parte. En un extremo está el Miramaestro, que se nos acercó al Prince y a mí con las encías moradas de vino:
—¿Cómo ven? ¿Está muy naco si me tiro a la prima de la novia en la noche de la boda?
—Just a tad —sentenció el Prince.
El Miramaestro rió con risa beoda. Cuarenta minutos después lo vimos marcharse en el Mini Cooper blanco de la chaparrita chulona. Para darle la vuelta al parque hizo parada en cada esquina y se dio de bocazos con la chaparrita. Chocó con dos postes y una reja. Rechinó llantas y el coche se le cascabeleó.
Entre que éste y ésta se vieron y entraron a la parte húmeda de la relación pasó hora y media. En el otro extremo está Yago el Bueno. Era la misma boda. Yago bebió coca-cola.
—Te busco en el Facebook, ¿sale? —Yago se despidió desde la mesa con media caravana. Tres días después checó el perfil e hizo una búsqueda preliminar en Google. Pesquisó entre familiares y amigos. Ocho días después mandó el primer mensaje de aproximación. Celular. Café. Café. Cine. Café. Después el número de la casa. Comida, cena y, por fin, en un picnic, éste y ésta entraron en la parte húmeda de la relación. Pasaron dos meses después de que se vieron.
Digamos entonces que el plazo para entrar a la parte húmeda de la relación se ubica entre un mínimo de noventa minutos y un máximo de 60 días. En la edición estándar fuera del comercio, esta parte comienza arriba-arriba: el primer beso. Entre el primer beso y el primer medio-medio hay lo que se les antoje, aunque la tendencia es a que ambos eventos se sucedan en la misma ocasión y se compriman cada vez más en el tiempo, de manera que entre uno y otro pueden haber pasado solamente diez minutos.
La parte húmeda de la relación tiene dos desenlaces posibles: “qué gusto” y “qué susto”. Estos no se distribuyen en partes iguales y encontrar uno de los dos, si bien constituye una rareza equivalente a ser descalabrado por un meteorito, no es una imposibilidad como criar pájaros dodo en cautiverio.  Antes de vitorear un auténtico “qué gusto”, hay que considerar que la ge, el estado de equilibrio inestable, suele entrar en estado de equilibrio estable, o letra ese.
            Ahora bien, conviene ponderar si es posible minimizar las probabilidades de un “qué susto”. Y aquí el problema es que no hay un método infalible. Me gustaría proclamar  pontificiamente que el caso Miramaestro acabó en “qué susto” en el instante en que, a la mañana siguiente, abrió los ojos en un cuarto de hotel de Tlalpan y que Yago el Bueno vive un “qué gusto” con altibajos, en una relación emocionalmente satisfactoria con una pareja estable. Pero, en el presente, el Miramaestro vive en Toronto con la chaparrita y tiene un hijo más uno en tránsito y tres años de matrimonio con ella. Engordó seis kilos. A Yago el Bueno le fue como en feria. Ha enflacado ocho.
Lo más atinado que puedo afirmar acerca del momento adecuado para entrar en la parte húmeda de la relación es:
—Nunca sabes con quién te casaste hasta que te divorcias.