domingo, 9 de octubre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (13)

Por Mauricio Sanders

Si el sexo es tan fácil, no ha de ser por nomás. Habrá una explicación. Y si aplicamos un criterio científico, ésta debe ir más allá del placer físico, pues empujones y salpicones tienden a llenar cada vez menos y hartar cada vez más. El sexo es un breve descanso muy cansado. Es un descuido que nos da cuidado. Quien lo probó, lo sabe. Y sin embargo, ambicionamos el sexo, lo apetecemos, lo codiciamos, como la trucha anhela la carnada enganchada del anzuelo.
            Una explicación es: los humanos somos una especie muy pendeja de primates. Cualquier gorila, cualquier orangután o chimpancé, cualquier macaco nos da tres vueltas. Estos tienen su temporada de celo y punto. Le dan vuelta a la hilacha unas semanas al año y el resto lo dedican a comer bambú, plátano y piña.
En cambio a nosotros, con nuestro pulgar prensil y nuestra convoluta corteza cerebral, nos empieza el celo como a los 16 y a los 70 todavía nos anda la calentura, con la desventaja adicional de que, por andar cogiendo, se nos rompe el corazón, lo cual es una aberración anatómica. Hay como cuarenta centímetros de distancia que el hombre está pasando por alto.
            Un gorila necesita operarse:
            -¿Me recomiendas al doctor Morton? ¿Al médico humano? ¿Pos qué crees que soy? Si voy a que me corrijan una arritmia, no a salir capado.
            Una chimpancé sufre uretritis:
            -No, comadre, no vayas con el doctor Schwartz. El médico humano me recetó una pomada. Que me la aplicara en las parte superior izquierda de las costillas dos veces al día. ¿Tú crees?
            Si no somos tan pendejos, ¿entonces por qué andamos duro y dale con el sexo? Ya somos siete mil millones. No estamos en peligro de extinción. Si 20% de la especie se dedicara a reproducirse, nuestra supervivencia estaría garantizada  en lo que encontramos la manera de fabricarnos en serie en un laboratorio. Ochenta por ciento de nosotros podría vivir contento, sin “me van a hacer de chivo los tamales”, sin “el pastito de enfrente siempre está más verde”. Pero si no somos pendejos, ¿cuál es la fuerza sorda y ciega que nos impele a creer que tanto cielo en un infierno cabe?
            Encuentro una explicación plausible en la historia del alcohólico que me contó don Boato. El alcoholismo es una enfermedad cuyo síntoma es la ingesta incontrolable de alcohol. Pero entre sus causas está una anormalidad, tanto en la agudeza con que los alcohólicos perciben las necesidades de comprensión, intimidad, ternura y aceptación, como en la torpeza para satisfacerlas por sí mismos o para solicitar a otros que les ayuden a remediarlas, cuando solos no pueden.
            Este alcohólico, cuando estaba ebrio, es decir, cuando no estaba crudo, porque el alcoholismo tiene dos estados, entraba en un frenesí y, completamente desnudo, tocaba el timbre de todos los departamentos de su edificio.
            —-Entiéndanme -clamaba ante la vecina del 502.
—-Acéptenme -exigía. El vecino del 301 llamaba a la patrulla.
—-Compréndanme—-farfullaba el alcohólico ante los vecinitos del 804, en lo que lo atrapaba la policía.
Este comportamiento es enfermizo, pero puede ser útil para explicar por qué los humanos vamos con tanto afán detrás del sexo. Quizá, en nosotros, éste sirve, no principalmente para reproducirnos ni producirnos placer, sino como el acto simbólico en que, de manera simultánea, nos decimos recíprocamente al tiempo que escuchamos, con la elocuencia que solamente tienen los actos:
-Recíbeme con todo lo que tengo y lo que soy.
A lo mejor el sexo no siempre es amor. Pero cómo se le parece…