domingo, 11 de septiembre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (9)

Por Mauricio Sanders


Conversaba con Majalia a nivel teórico:
          —¿Se puede ser fuck-buddies?
          Nuestra conclusión fue no. Sin embargo, fray Grandote opina diferente.
          —Ve y cógete a una sueca —me dirigió mi amigo el fraile, quien conoce mi alma desde el jardín hasta el drenaje—. Nomás que no haya enganche.
           Lois coincide con fray Grandote:
           —Todo se vale. Menos mentir. Hay que ser honesto. 
           Por su parte, mi tío el Gordo predica desde que tengo uso de razón:
           —Un saludo, un vaso de agua y un palito a nadie se le niegan.
           El concepto fuck-buddy, así como concepto, suena muy bien.
           —Hola. ¿Cómo estás?
           —Bien. ¿Y tú?
           —Bien también. Gracias. Oye, te hablo para una cosa. ¿Se te antoja ir conmigo a coger un rato?
           —Estaría padre pero fíjate que ahora no puedo. Tengo que ir a que me pongan una vacuna. ¿Me hablas el jueves?
           —¿Para el sábado en la mañana?
           —Órale. Me late. Puede ser.
           —Pero temprano porque tengo partido a las dos…
           —Yo también tengo que acabar temprano. Como con mis papás en la tardecita.
           —Hecho. Te mando un beso.
           —Yo también. Hablamos el jueves. Cuídate. Bye.
           Y así. Si uno puede entablar por teléfono esta clase de conversaciones para ponerse de acuerdo y hacer cosas juntos, desde ir a Las Llantas a cletear entre el bosque hasta desayunar omelette de pimientos en La Palmera de Altavista, también se debería poder ponerse de acuerdo para echar patadas, al comenzar el fin de semana, tempranito en la mañana, cuando todavía está haciendo frío. Como concepto, suena muy bien.
          Con el fuck nadie tiene problema. No así con el buddies. Lo que Majalia y yo examinábamos era si puedes tener uno sin perder el otro. Bella Boop tercia:
          —¿Estás loco? ¿Cómo voy a querer con él? Si es mi amigo…
          De lo cual se sigue que, si hay fuck, entonces no hay buddy. Coger no es de cuates. Pero, si no lo es, llegamos entonces a la guerra entre sexos enemigos que decoramos tras el nombre de amor.
          Con mi amigo Yago el Bueno me junto y somos cuates una vez cada dos meses para jugar ajedrez. Es lo único que hacemos juntos. Entre jugada y jugada ni nos acordamos de que el otro existe. Con mis cuates Chela y Krause durante varios años anduve en bicicleta de montaña los domingos a las ocho de la mañana. Ahora viven no sé dónde fuera del país y lo único que sé es que, si volvieran a establecerse en México y yo todavía estoy por aquí, no sería nada raro que sonara el teléfono:
          —¿Qué onda? ¿Vamos la domenica?
          —¿Ajusco o Desierto? —respondería el otro de inmediato, sin necesidad ni de preguntar quién es.
          Un buddy es alguien con quien repetidas veces haces cosas padres. Aunque la serie se interrumpa, siempre se puede proseguir. No necesariamente es un amigo, en el sentido más noble y elevado de la palabra, aunque puede llegar a serlo. Y si coger es tan padre, ¿por qué no puede haber fuck-buddies?
          Sábado al mediodía. Un desorden de sábanas y almohadas, dos pálidas cabezas despeinadas, un poco de hambre, un poco de tristeza y un vago olor cualquiera en el ambiente.
          —Bueno, estuvo rico. La pasé muy bien. Muchas gracias.
          Sin que tengamos que abrir la boca, Majalia y yo sabemos que la línea que haría funcionar los fuck-buddies no va a seguir:
           —Sip. Estuvo chicles. A ver si luego nos echamos otra. Ái te hablo, ¿no?