domingo, 18 de septiembre de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (10)

Por Mauricio Sanders


Ahora que el sexo es tan fácil, habría que averiguar por qué. Una de las razones podría ser que clasificamos al sexo como necesidad. Y ciertamente, como especie de mamíferos, lo necesitamos. No sé si también, como individuos. Ahora que el amor es tan difícil, débese quizá a que, al considerarlo necesario, concebimos al sexo como derecho: algo exigible, no todavía ante ninguna instancia jurídica, sino ante la vida. Como civilización, tenemos un problema de actitud.
          Me faltan estadísticas para afirmar que en el Occidente moderno cogemos más que en el Egipto faraónico o en la China de la dinastía Ming. Pero sí es posible asegurar que nos enfrentamos al sexo como el sindicato de Luz y Fuerza se enfrenta a la extinción de su organismo huésped. Hacemos marcha-mitin, en vez de recibirlo como uno de los regalos más exquisitos y extraños que un ser humano puede ofrecer a otro. El sexo no es el salario del trabajador. Es un privilegio.
          Para clasificar al sexo como necesidad fisiológica, se parte de un prejuicio elefantiásico, pues, si se partiera de la observación, se concluiría que, de no coger, nadie se muere. Alguien pudiere objetar que, si bien no te mueres, te vuelves un neurótico misántropo. La objeción, si se dialoga de buena fe, podría resolverse al presentar, como prueba en contrario, fotos de longevos monjes tibetanos, tan felices, tan continentes. Además, hay misántropos neuróticos que cogen. La relación causal entre abstinencia sexual y enfermedad psicológica no está demostrada.
          Aparte de respirar, los seres humanos tenemos dos necesidades fisiológicas puras que, en mi opinión, solamente es una: orinar. Para hacer pipí no necesito más que las ganas. Bañarse y dormir, aunque necesidades, ya no se alivian echándose un pistito en cualquier cama donde me agarre el sueño, o un regaderazo en cualquier ducha donde me sienta cochino. Estas actividades ya requieren de ciertos rituales y símbolos, exigen ciertas repeticiones y fórmulas, ciertos hábitos y costumbres.
          Beber y comer, aunque necesidades fisiológicas, también son otra cosa. No solamente sacian. Complacen asimismo el sentido del gusto, sea que estemos bebiendo agua de chía o cava, prosecco o champaña; que estemos comiendo huevos con chorizo o sesos a la mantequilla negra. Sobre todo, satisfacen la necesidad de compañía, intimidad, cercanía y pertenencia. Beber y comer ya son celebraciones: actos que cumplen necesidades espirituales en sociedad.
          Para dormir y bañarse los demás estorban, salvo que cualquiera de estas actividades, simultánea o consecutivamente, se combinen con sobadas y apapachos, si no siempre con un brinco. Pero para beber y comer hace falta otro. A solas se parece a hacerse una chaqueta. Y aunque es rico, masturbarse es menos rico que un revolcón. Es al sexo lo que el hot-dog al churrasco.
          El sexo es necesario, pero no como el sueño, el hambre y la sed. C.S. Lewis escribió: “La desnudez es un traje que los hombres visten en ocasiones muy especiales.” Da en el blanco. Nos desnudamos en solitario para la higiene. Pero en compañía usamos el traje de rana para una cosa y nada más. Ahora que el amor es tan difícil, tal vez sería más fácil si usara ese traje como portando un manto de armiño, como cubriéndome con un sayal, y no como si yacer desnudo con otra fuera "natural".