domingo, 14 de agosto de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (5)

Por Mauricio Sanders

De entre todos los dichos extraños de Nara hay uno extrañísimo: “Yo quiero coger como hombre.” Supongo que estaba pensando en el celebérrimo primer capítulo de Sex & The City. Pero no se percataba de que esa serie la escribió una mujer que sabía muy poco de cómo copulamos los hombres.
          En la escala más baja de mi sexo, los hombres deseamos el coito con esta clase de diálogos en la imaginación:
          —¿Señora Thompson?
          —Oh sí. Soy la señora Thompson. Hace calor, ¿no cree? Oh. Me pondré ligera.
          —Soy el veterinario. Vengo a ver su gatito.
          —Mi gatito. Oh sí. Mi gatito. ¿Quiere verlo? Oh. Oh.
          —Oh sí. Oh. Es peludo su gatito, señora Thompson.
          —Oh. Oh. ¿Y esa jeringa tan grande es para mi gatito?
          —Oh sí, señora Thompson, toda.
          Etcétera. En la escala más alta, no distamos mucho del vizconde de Valmont en Las relaciones peligrosas. Ávidos de pasión, espetamos: “Quiero saber qué hace y a quién ve, qué come y si es que duerme.” Nos domina el delirio de la posesión.
          En cambio, el delirio femenino es la entrega. Como Valmont, la hechicera Circe también deliraba. Pero su delirio no era por la posesión de Ulises, sino para que él no pudiera rehusarse a que ella se le entregara. Creo que las mujeres anhelan el coito con este diálogo en mente:
          “Soy tuya. Tuya tuyísima.”
         La cópula se daba en una tensión dialógica. Aunque el diálogo fuera sin palabras, igual era diálogo:
          “Te quiero para mí.”
          “Me quiero para ti.”
        Pero cuando el sexo es tan fácil, cuando el amor es tan difícil, hay posesión-posesión. No sé si cualitativamente poseer sea peor que entregar. Ambas acciones se pueden torcer. Ambas, enderezar. Lo que sí me parece es que, al haber posesión-posesión, desaparece el diálogo. Ya no hay conversación. No hay baile. Hay monólogo y masturbación compartida y lo mismo ocurriría si hubiera entrega-entrega.
          Cuando las mujeres no querían coger como hombres, los hombres, hasta para ser mucho peores, teníamos que ser mucho mejores. Para seducir debíamos fingir, como Valmont, piedad, valor, tan siquiera algo de ingenio. Teníamos que encontrar en nosotros mismos, aunque fuera de a mentiritas, algo ante lo cual una mujer quisiera entregarse.
          Y en algún momento del diálogo entre los sexos, los hombres vislumbrábamos la posibilidad de que todas las mentiras que cometimos de palabra o de acto, poseídos por el delirio de poseer, se transformaran en verdades que no sabíamos que conteníamos. Las mujeres nos elevaban en su caída.  Nos salvaban hasta cuando las perdíamos. El delirio de su entrega nos humanizaba. Pero ahora no hay la voz de un otro. Hay eco y ya.
          “Te quiero coger, güey.”
          “Te quiero coger, güey”, repite una muralla de carne.
          El fin de la historia es que Nara ahora es mamá soltera, con otras dificultades, quizá no mayores, que las de casada. Pero dejó en sí y tras y delante y alrededor de sí un charco de brutal, áspera tristeza.