domingo, 31 de julio de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (3)

Por Mauricio Sanders

Yo también me opongo al matrimonio entre homosexuales, pero me opongo por romántico y hippy. Durante los últimos dos siglos, los enamorados del mundo han luchado y reluchado, por aire, mar y tierra, por reclamar su derecho a amarse sin los límites que, como mortajas, impone la sociedad. El matrimonio civil entre personas del mismo sexo significa el aplastamiento de esa revuelta.
          En los últimos tiempos, los bugas hemos visto caer, como en el Sitio de Stalingrado, a las parejas que empezaron como ráfagas de dicha, pero a los pocos años se estancaban en la rutina de chavos y cuentas. Los que fueron sueños de gigante se convertían en hartazgos de un enano. Todavía no cumplían cuarenta años de edad y él y ella parecían dormir una somnolencia senil. Sus extravagancias extramatrimoniales eran el chisme que ventilábamos para acallar nuestras propias vergüenzas, las de atrevernos y las de no. Las demás parejas se divorciaban. Preguntabas por tal y cual, que en la universidad habían estado juntos como tulipán y colibrí, y se traían un pleitazo por ver quién se quedaba con qué. Hemos visto tantos caídos que ni tumbas hemos podido cavar.
          En esta desesperación, volteábamos a ver a Villaurrutia y Ger, a Julio y Masacó, que llevaban años juntos sin estar casados, unidos no más que por su amor. Eran nuestra última esperanza. Al verlos complacerse en su mutua compañía sentíamos que nuestra opción tenía sentido. “A nosotros nos tocó perder”, le decíamos a nuestra novia o cónyuge. “Pero quizá sea temporal.  La podemos hacer. Nos va a llegar el tiempo de ganar. Vamos a aguantar tantito más. Míralos. Ellos también han tenido malas rachas.”
          O si de plano nos tocó perder, nos podíamos despedir uno de la otra con caballerosidad deportiva, gracias a que nuestros amigos homosexuales se amaban por puro venírseles en gana. Nos decíamos adiós y nos decíamos: “Por lo menos perdimos en lo que alguien más ganó. Fue Fortuna. Fue el Hado. Pero no fue por pura estupidez que nos metimos en este desastre.”
          Ahora que Julio y Masacó me invitaron a su boda, me busco en los bolsillos, porque siento que perdí, como si hubiera perdido llaves y cartera, un sueño. Julio y Masacó no tenían compromisos que los ataran. No los mantenía juntos el temor a las pérdidas económicas, por haberse casado por bienes mancomunados en un arrebato de confianza, ni a la sentencia del juez, que les iba a causar fuertes pérdidas emocionales al repartir salomónicamente a los chamacos. Eran la prueba palpable de que dos seres humanos pueden convivir cotidianamente sin dejarse de amar con afecto, amistad y erotismo.
          Con su boda, eso se acabó. Es el primer funeral al que asistiré haciendo como que festejo. Ya solamente queda el registro civil. Ya nada más queda el acta de matrimonio. Ganó el sistema. El amor ciertamente que es una quimera que se dirime ante el escritorio del secretario del juzgado, tras años de resentimientos acumulados, con niños que nos miran con ojos atónitos y extraviados. Ya nada queda más que llamar a Villaurrutia y Masacó y, en vez de pedirles ánimo y aliento en nuestras dificultades, pedirles que nos recomienden un abogado de fiar que no sea tan caro.