sábado, 23 de julio de 2011

MUNDO RARO/CIELO ROJO (2)

Por Mauricio Sanders

Una compañera dijo “sha-lalá” en este contexto: “Pues yo a veces pienso que quisiera enamorarme en serio de un güey, de maripositas en el estómago y todo, y hasta pienso en toda la cosa ésa de ir de la manita al cine y luego comer palomitas y luego viajar a la playa de luna de miel y tener hijos y hacernos viejitos juntos y sha-lalá…” Cuando acabó de hablar estaba sonrojada. Se cubrió la cara con las manos y dijo: “Perdón.” En público ahora se pueden narrar otras vivencias y compartir otras experiencias. Pero no lo que dijo mi compañera.  Lo que dijo se ha vuelto sha-lalá, que es el antónimo de “neta”.
          El sha-lalá nos da una pista para saber qué nos pasó con el amor: nos pasó un error en la definición de realidad. Chesterton escribió: “Lo contrario del idealismo no es el realismo sino el materialismo.” Si eso es cierto, entonces un ideal puede ser real. Puede ser hasta más real que lo material. Lo que mi compañera quiere pudiera ser neta. Pero como creemos que no, entonces nos avergüenza expresarlo, pues estamos fisiológicamente impreparados para mentir. Pero enredo lo que puede decirse más claro con historias.
          Ferónika tenía todas las razones del mundo para ser realista. A los 28 años de edad, cuatro más que los míos de entonces, tenía una hija de 12 nacida de un amorío metalero de Tijuana con un papá bajista que, para colmo de males, luego no desapareció. Ferónika era espectacular. Salvo la mirada, a toda ella la pintó Vargas. Lo que no pintó Vargas, Miguel Ángel lo esculpió en mármol. Azul marino era la mirada cuya tristeza era de la escultura La Piedad.
          A Ferónika la traté en los tres días antes de la boda de mi amigo Gari con Alkatschjophis. Ella era la dama del ramo. Yo, el amigo que iba a llevar la cuenta de las botellas. Al concluir el primer día y el segundo, la invité a comer tacos. Ferónika me dijo que no. Pero en la boda nos sentamos juntos toda la noche. Bailamos. Reímos. Nos metimos a la cocina a comer pasteles después de que sirvieron los postres. Me contó la historia de su hija, el bajista y de sus ojos azules, tristes.
         Entre Ferónika y yo surgió, a lo largo de ocho horas de estar muy juntos, eso que no es raro en la bodas, donde a veces todavía acuden Baco y las Ménades, Afrodita con su niño y la diosa Hera. Yo no soy mejor de lo que soy. A las seis de la mañana la invité a seguir la fiesta en posición horizontal. Pero Ferónika me vio tan hasta el fondo que me di vergüenza. Me besó dulcemente en el cuello y me acarició el hombro con un dedo ligero y me dijo: “Mejor que ahí quede, ¿no?”
          He recibido dones preciosos de mujeres. De Ferónika recibí uno preciosísimo.  Me cambió el final. Ella, que sabía mucho más de realidad de lo que yo entonces sabía,  me quiso para ideal, no para material. Y me vacunó contra el sha-lalá para siempre. Ferónika me hizo real. Me convirtió. Creo. Apuesto la Cheka a que el amor que quisiera mi compañera es neta. No tiene por qué sonrojarse ni pedir perdón.